El Lirio del Prado y la odisea de una nación.

Por Miriam Rodríguez Izquierdo

Leí esta novela de un tirón por su buen ritmo, y porque despertaba emociones que no me permitían abandonarla. Sólo puedo expresar lo que siento como cubana bien mezclada con negros y blancos, amante de la historia y de la cultura mestiza de mi patria.
El lirio es una flor universal porque existe en varios continentes, de diversos colores, y numerosos significados: inocencia, bondad, modestia, ternura, pasión, alegría, temores, desencuentros, valentía, cobardía, amor, lealtad, creatividad, y solidaridad. Quizás Rafaela Alfonso, negra y hermosa protagonista de esta novela, de origen africano y nacida liberta en Cuba, sugirió el nombre de Lirio del Prado para su restaurante, porque Rafaela conoce de flores y sabe de los variados colores, formas, significados y origen de los lirios, tal como el entorno de su propia vida.
¨El Lirio del Prado¨ es una novela que reúne personajes  reales de todas las razas y creencias, venidos a Cuba desde África, Asia, América y Europa; un mosaico que dio vida y color a la nacionalidad cubana. De ahí que recibamos una emotiva lección de vida con la solidaridad y hermandad de seres de distintas razas, como si José Martí susurrara: ¨No hay odio de razas porque no hay razas. ¨ Nos conmueve la profunda y larga amistad entre José María – español- y el Taita Julián – africano de nación; la solidaria y desinteresada hermandad de Rafaela, José María, Mercedes, María Catalina, José Jacinto, los chinos Kuan Kuan, José Fu, Lan Wong, y del Taita Julián con su sabiduría y sus sufrimientos.
Directa o indirectamente, la novela nos acerca a hechos que serán historia futura en los libros, a través de personajes anónimos que los viven o sufren, de cerca o de lejos, ya sea los horrores de la esclavitud, el racismo (que aún nos azota), un humilde soldado al lado de un famoso personaje, una carta informando del desembarco de Maceo, o el proyecto del ferrocarril Habana- Güines y su culminación. Pero, además, Reynaldo Fernández Pavón ha realizado un arduo rastreo investigativo para ofrecernos datos curiosos y dispersos, como la carta de Arsenio Martínez Campos a Cánovas del Castillo donde expresa no sentirse capaz de tanta crueldad; por qué el nombre de la villa Jovellanos; el fusilamiento del primer insurrecto Domingo Mujica; que la muerte de Antonio Maceo provocó la baja en la Bolsa de Nueva York; La conversación de Máximo Gómez con Martínez Campos; el decisivo aporte de las mujeres cubanas a la causa independentista de Estados Unidos, y muchos datos más que no se hallan fácilmente, como los encuentros con artistas, músicos y poetas cubanos que todavía no son todo lo famosos que serían: Lecuona, Víctor Manuel, Guillén, Sindo Garay, y la inigualable Rita Montaner…
En la novela encontramos seres con sus virtudes, defectos, pecados, y pecadillos, y a pesar de que Reynaldo trata de mantener cierto alejamiento sentimental con los personajes, no impide que nosotros los amemos al descubrir en ellos grandes corazones para querer, bondad, y, sobre todo, una profunda humanidad. Los amamos tanto como rechazamos a los que no tienen alma ni corazón, ni humanidad.
Otra lección de vida en la novela es la aptitud de las mujeres ante la vida. ¡Ellas no piden, ellas luchan! No extienden la mano limosnera, buscan honestamente la manera de sobrevivir por sus propios esfuerzos. Aquí no hay mujeres plañideras sino heroínas sencillas que enarbolan o exigen con dignidad su derecho a la vida. Se rebelan, caen, y vuelven a levantarse, trasmitiendo esa voluntad a la generación que les sigue, como Santiago Isaac.
El autor ha tratado de ser fiel a las narraciones de los protagonistas, sin hermosearlas, y no se lo critico, aunque hubiera preferido que lo hiciera en algunas ocasiones porque Reynaldo es poeta, y a veces se filtran sus musas en las tiernas y hermosas descripciones de la flora y la fauna de su tierra, ¡Ay, casi aspiramos el olor de las frutas!; y en las descripciones de las obras de arte, mezquitas y ciudades que visita María Catalina en España, Francia e Italia.
Hay un sentimiento por sencillísimas cosas cotidianas que son pinceladas maravillosas como cuando Emilio ara la tierra, y grita los nombres de los bueyes: ¡Clamoroso, carajo! ¡Requinto, Gilipollez! O cuando nos describe remedios para los piojos, resina de almácigo; cocimiento del arbusto palo de caja para el estómago; mangle para lepra, y muchos remedios más que proporciona la naturaleza. También nos ofrece recetas de dulces caseros y comidas. Y nos enriquecemos al describir el proceso del cultivo del tabaco, los mil usos de la palma real. Real porque era la reina de los campos cubanos.
La novela nos acerca a las religiones africanas. Sólo en un libro especializado podría uno encontrar tanta información; en otras obras literarias no la hallé tan detallada. Aquí se da en función de lo que dicen los personajes, o sea, en uso. Las notas a pie de página nos resumen el sincretismo de nuestras religiones que forma parte de nuestra cultura multirracial.
En fin, es una novela para darse gusto los cubanos de varias generaciones. A los menos jóvenes nos aviva los recuerdos y la nostalgia, porque hay que mantener calientica la patria; y a los más jóvenes para que conozcan hechos históricos de manera amena, fuera de los textos, y conozcan también la riqueza natural y humana de nuestro país. Otras nacionalidades encontrarán similitudes o lecciones de vida porque son universales.
Miriam Rodríguez Izquierdo
Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericana
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