En el parque, de Reynaldo Fernández Pavón: existencialismo, muerte y luz.

Por Manuel Gayol Mecías

Escritor, periodista y editor. Premio UNEAC de Cuento 1992.

Me he leído cuatro veces el libreto de esta obra teatral, y poco a poco he ido borrando la extrañeza de no encontrar la lógica dentro de él. Desde una perspectiva racional o realista no parece tener sentido lo que dicen y hacen los dos personajes centrales (Jacinto y Rebeca); quizás haya que ver su puesta en escena y así… bueno así, todo se haría más evidente, por supuesto; sin embargo, al leer el libreto de la obra, y establecer su crítica, a priori de la puesta en escena, siento una compenetración con ella muy grande; solo de leerla me estremezco. Me parece que hay una gran hondura, unos parlamentos penetrantes, unas imágenes muy vitales a pesar de lo simbólico; en sus dos protagonistas (¿o más bien agonistas?) encuentro  asimismo un desdoblamiento de personajes que no solo dialogan entre ellos mismos, sino que además, y fundamentalmente, lo hacen hacia un público silencioso e invisible que los protagonistas creen verlos sentados en las butacas pero este público invisible del libreto no es más que un recurso para hacer que las personas del público futuro que verá la obra mediten, reflexionen.

Realmente esta es una obra que lleva a la meditación obligada. Y el público está callado, expectante, aparenta con su silencio ser pasivo; pero no, en verdad podrá conocer los símbolos que representan esos dos personajes principales, y asimismo ese otro público corpóreo y futuro que tendrá la obra cuando se exhiba (ya lo mencioné) va entonces a comprender el símbolo general de la puesta en escena, claro, porque sé/sabemos que alguna vez este drama aparecerá en escena… Algo mágico emana de esta pequeña obra, que no es tal de pequeña, sino una enorme y fascinante problemática existencial.

Me gusta cómo se desenvuelven los dos personajes principales; me los imagino a cada uno haciendo el papel de la madre de Jacinto o a Rebeca dialogando con su madre, algo que está dentro de las propias obsesiones de la muchacha (¿obsesiva compulsiva, ezquizofrénica?); me imagino a Rebeca asimismo haciendo un profundo monólogo para dos; su rostro ha de ser una total transformación nada más pensando en los cambios de tonos de voz y la mutación de sus expresiones faciales; porque para ello Rebeca, y también Jacinto cuando habla como el padre de ella, tienen que llegar a mutar vertiginosamente de la expresión de un rostro hacia la expresión del otro, y tienen que hacerlo en poco tiempo. Difícil tarea de desdoblamiento para ambos personajes.

El coro me suena a coro griego, como si fuera el fatum de algo que se le impone a ambos. Pero también son las voces de la dictadura que quedó atrás. Los dos solistas del coro me dan la impresión de ser la contradicción del inconsciente, la contradicción del mismo coro, digámoslo, así. Sí sé que es una obra de teatro dentro del teatro no solo porque tanto Jacinto como Rebeca esperan que lo sea, sino además porque la atmósfera de las escenas lo infiere: es teatro dentro del teatro, pero también es vida dentro de la muerte. Son como difuntos escondidos en la noche; en la noche de un parque como centro del mundo. El mulato Jacinto y la blanquita Rebeca  no saben las ganas de vivir que ellos mismos tienen. Por esos deseos, tratan de hacer una obra de teatro a pesar de la muerte.

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Ahora bien, la obra la escribió Jacinto, y Rebeca quiere ayudarlo, pero la obra es fallida, según sugiere la conducta algo caótica de ambos personajes. Toda esta atmósfera me lleva a pensar en una existencia absurda, y es claro que la obra que está dentro de la obra toda tiene que ser fallida porque los dos están metidos en un mundo absurdo, con cierto sinsentido surrealista. Sin embargo, ese mundo supuestamente absurdo no es el de los espíritus, sino el de los vivos, porque la dimensión en que ellos están no es más absurda que la propia existencia que vivió Jacinto en Cuba, y después de haber sido un balsero —que lo arriesga todo de la manera más peligrosa que hay para un emigrante—, el hecho de haber llegado a este país y vivir en Nueva York, con todo lo que de inicio tiene que enfrentar un inmigrante; vivir en Nueva York que puede ser también el centro del mundo, y encontrarse entonces con la resistencia de los padres de uno y de otro, por un problema de racismo, por un asunto de marca social que forma parte del absurdo real que se sufre día a día en este mundo.

De aquí que la obra cargue contra la estupidez política de Cuba, de donde se tiene que ir todo el mundo que pueda, desde los blancos más blancos y rubios hasta los mulatos y los negros más oscuros de este planeta; pero entonces llegar a este país y arrastrar el lastre del racismo, donde los problemas dejan de ser políticos para convertirse en vértigos sociales; y más cuando estamos en el siglo XXI, tercer milenio de la supuesta era cristiana; ¿no es esto alucinante? Es la pesadilla frustrante que nos puede decir que la vida, en su realidad corpórea controlada por los rezagos sociales, es peor que la muerte de una pareja ante el aparente orden del mundo. Por eso en la imaginación mundial siguen guardando un destacado nivel los dramas como el bíblico de Adán y Eva, o el romántico de Romeo y Julieta.

En efecto, en esta existencia teatral —porque la vida es un teatro también; es la misma comedia humana que intentó Honorato de Balzac—, de una obra dentro de otra, puede verse que a los personajes le han robado algo, y es la coherencia necesaria que debe tener toda vida. No la hay. No puede haber coherencia. Y no la tienen porque la vida misma es un absurdo kafkiano, pero no solo contra la administración de un gobierno corrupto y totalitario que dejaron en la isla, sino además contra los prejuicios de una sociedad hispana en Estados Unidos, donde supuestamente se puede encontrar la total libertad. En realidad, no es vida, sino solo existencia lo que viven estos dos personajes. Existencia que aún persiste en las obsesiones de los muertos. El coro es elfatum que se regocija en el inconsciente como la lamentación de los pecadores.

Son dos almas que se aman, pero sufren porque no pueden darle acción de amor a sus existencias. Quizás dependan de sus ancestros. Ellos mismos, Jacinto y Rebeca, son difuntos, homeless, gentes sin hogar, que aún arrastran las intransigencias de las vidas que padecieron, y ello así deviene “un síndrome colectivo, [Jacinto y Rebeca] privados de encontrar salida y divagan como cuerpos que no pueden reconocerse”. No puedo dejar de sentir y ver imágenes de la vida cotidiana de los seres en Cuba; ni tampoco de otros seres que caen en la enajenación por las reminiscencias de estas sociedades de acá.

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De hecho, ellos se encuentran en el Central Park de Nueva York, y es —por supuesto— como si estuvieran en el centro del planeta; pero un centro del que no pueden salir hasta que amanezca, que es cuando la muerte deja de ser muerte para hacerse vida; y es entonces que ellos desaparecerán definitivamente. No obstante, el amanecer aquí, al final, también se traduce en la muerte; ¿en el suicidio? Y entonces es cuando nos damos cuenta de que la muerte resulta ser la liberación; la muerte a la luz del día es la verdadera existencia, en la que sus almas podrán encontrar su mejor pasión, su mejor coherencia, su más inteligente forma de existir. Solo el amor así les permitirá encontrar la “acción” y el “final” para su propia obra de teatro.

Hay un momento en que Rebeca habla de que “es un problema de lenguaje, Jacinto, esta obra no llega a ser un espectáculo. Quizás funcionaría como un relato o como un cuento”. Este parlamento es muy interesante, al menos yo lo veo así, que lo raro y diferente de esta obra es que se juzga a sí misma y se critica. Pero sí es un espectáculo, postmoderno, pero es un espectáculo de puro drama, pura semiótica dramatizada, que es como decir: sufrida, vivida. Hay toda una filosofía muy cercana —pienso— al existencialismo sartreano que (aun cuando sea de una izquierda de los años 60) toca muy a fondo los problemas políticos de hoy en día dentro de una sociedad totalitaria, como la de Cuba, y los problemas sociales de una supuesta sociedad democrática, aunque la democracia resulte contener una “libertad” que el castrismo no otorga ni para una noche de verano.

En el Parque habla del pecado original, en el que ambos reconocen que han caído, pero al mismo tiempo quieren reivindicar ese pecado y Jacinto vuelve a darle una gran mordida a la manzana. Sin embargo, Dios no entra en escena; es como que el papel de Dios, en algún que otro momento, lo quisieran representar las voces de los solistas con su decir condenatorio. Realmente la voz de Dios no se hace escuchar. Ellos están solos, como si los dos fueran una de las tantas representaciones que pudieran simbolizar la fatalidad existencial de los cubanos, o de cualquier ser sobre la Tierra. Jacinto y Rebeca en esta obra de teatro, no pueden resolver sus existencias con otra obra de teatro; pero ya están saliendo de la oscuridad; ya viene el amanecer, y la muerte se hace luz.

FIN

y

(Se cierra el telón)

Manuel Gayol Mecías
Escritor, periodista y editor. Premio UNEAC de Cuento 1992. (Clic en el enlace)

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