Una lectura de la novela El Repatriado.

Por Jesús de la Veiga
El Repatriado es ante todo obra literaria que proclama la unidad, el conocimiento de la historia y la cultura, como las únicas vías que pueden conducir a los cubanos a la democracia y a la libertad, pues todas las prácticas anteriores no han logrado ese objetivo tan necesitado por “todos y para el bien de todos”, después de vivir bajo el poder dictadores de derecha y de izquierda desde la década del 20 del pasado siglo hasta el presente -léase Machado, Batista, Fidel y Raúl-, con una breve pausa democrática durante la Segunda Guerra Mundial. Los efectos de esta larga noche dictatorial en la sicología común de los cubanos, bien merece un estudio de un equipo integrado por antropólogos, etnólogos, psicólogos sociales y sociólogos.
El Repatriado, no es una novela en el sentido estricto de la palabra, pues no se ajusta a los conceptos académicos del género. Esta es una “obra coral”.
El Repatriado es ante todo una novela colectiva y por tanto, su función social, es constituir una obra de servicio que ha sido creada con la vida y el testimonio de muchos seres humanos, obra coral escrita a lo largo de más de dos décadas de investigación, y de recoger testimonios dentro y fuera de La Isla, historias y vivencias que sacudieron una nación, y que el escritor utiliza como marco en el que se desarrolla la vida de los protagonistas que encarnan el rostro de sus congéneres, material con el cual el escritor crea una crónica novelada, oficio que puede parecer extinguido o evocar a los cronistas de indias, pero en morfología estudiamos que a cada contenido a de corresponder a una forma para que fusionados ambos puedan crear un producto artístico acabado.
El Repatriado viene a constituir la zaga de la novela El Lirio del Prado que comienza en la década de 1860 y concluye con la muerte de Rafaela (la protagonista) en la década del 50 del siglo XX, momento en que Lázaro, el protagonista de la novela, da sus primero pasos en la vida y tiene que viajar con sus padres precipitadamente a New York, huyendo de la represión policial de aquellos tiempos para regresar a Cuba en las Navidades de diciembre de 1958, y amanecerá junto con el año nuevo para presenciar con sus ojos de niño el cambio más radical de la Historia de Cuba, siendo clasificado oficialmente como un repatriado. (Nunca llegará a entender, por qué, siendo nacido en ese territorio, tiene que repatriarse).
En Miami vive Lili, quien fuera la secretaria docente de la ENA en la época en que Lázaro, era estudiante en ese centro de estudios de la Dirección Nacional de Becas y fue enviado al campamento de reeducación de becarios de las montañas de Pino del Agua. Ella y sus familiares superan la ficción con sus propias vidas, pertenecientes a un grupo de la clandestinidad que luchaba contra la tiranía, salvaron la vida porque logran salir de Cuba rumbo a los Estados Unidos de una manera tal, que podría escribirse un excelente guion para el cine, y llegaron al Aeropuerto de Rancho Boyeros, junto a los padres de Lázaro en el vuelo que vino repleto de cubanos en el mes de enero de 1959, Quizás la única diferencia es que Mariana, la madre de Lázaro, regresó a los Estados Unidos durante el éxodo de Camarioca en la década del 60.
Es muy difícil hacer “literatura” con estos temas; dado el protagonismo que en el caso de Cuba tiene la política. Una de las funciones sociales de esta obra es contribuir a rescatar la memoria colectiva, y contribuir a rescatar los valores y las tradiciones del espíritu nacional, y por otro lado escribir un homenaje a seres humanos que han sido silenciados o tachados y que pertenecen a la generación de cubanos nacidos a fines de las décadas del 40 y principios de los 50.
Los que asistieron con el escritor a las mismas escuelas y jugaron quimbumbia, o a los escondidos en los barrios marginales de La Habana, los jóvenes rebeldes, los alfabetizadores, los del primero al sexto llamado del Servicio Militar Obligatorio, los estudiantes del sistema nacional de becas, los que fueron a Baracoa a recoger café durante la crisis de octubre, los primeros militantes de la juventud comunista, los primeros jóvenes que cumplieron misiones internacionalistas, en fin, una generación que fue utilizada para muchos experimentos y que sirvieron de laboratorio del destete y el adoctrinamiento partidista.
Lázaro es un Marielito que encarna la tragedia de la diáspora cubana de la cual ni siquiera existen cifras oficiales, y que constituyen millones de seres humanos separados de sus familiares en la isla, al asumir la única salida pensable: abandonar el país -legal o ilegalmente-, ¡qué triste!, los mambises se hacían fusilar durante la guerras de independencia cuando los condenaban a la deportación, preferían morir que ser expulsados de la tierra que los vio nacer.
Como han señalado algunos críticos respecto al autor, las inmigraciones, son un tema presente en toda su obra, y es que el estudio de este fenómeno le hace posible comprender la psicología y el carácter del cubano de hoy.
De lo anteriormente expresado surge un importante tema histórico en el proceso de creación literaria: el “Éxodo del Mariel, del cual no se habla en la isla, y se rinde en la obra un tributo a cientos de miles de seres humanos empujados al exilio, y a decenas de miles de almas que yacen en el fondo de los mares, algún día tendremos que tratar de alistarlos y crear un memorial donde recordarlos como debe ser.
Hay sub-temas, – como bien señalaran Manuel Gayol y Enrique Patterson – que podrían ser utilizados para escribir otras novelas, tales como, la represión a la religión considerada “el opio de los pueblos” y la persecución a los practicantes de las religiones, en especial, a aquellos practicantes del sistema religioso de los afrocubanos.
En El Repatriado se ha descrito como las personas son capaces de resistir a los opresores y amar, fundar, crear, cantar, escribir, bailar y vivir con intensidad; porque hay que vivir esta vida que nos ha sido dada, en medio de los arrebatos del totalitarismo, y generar capacidades que van desde la doble moral a la honestidad en la intimidad de los amigos. Hay que ser muy imaginativos y creativos para sobrevivir a esa tragedia más allá de todo, de lo contrario, el suicidio sería una especie de quinto jinete del Apocalipsis cabalgando feroz sobre esas tierras de El Caribe, en tales circunstancias, para escapar de los golpes de astro del poder, se necesitan que existan muchas personas como el guajiro Quintín, el personaje que se roba el protagónico de esta novela, Quintín el guajiro semi-analfabeto, el hombre de las montañas, sencillo y natural, encarnando el espíritu primigenio para hacernos recapacitar sobre la importancia de la fidelidad a la amistad, a la decencia y a la bondad, a pesar de todos los pesares.
Por último, señalaré que Reynaldo Fernández Pavón no es un escritor omnisciente ni omnipresente, los personajes de El Repatriado -como en El Lirio del Prado-, cuentan sus historias desde la cotidianidad, en escenarios en los que pueden coexistir versiones completamente diferentes a los de ellos, o similares; tal y como ocurre cuando los soldados han narrado un mismo combate, cada versión dependería de en qué sitio se encontraba cada quien: En los mítines de repudio, o si era un repudiado, en las primeras líneas de los acontecimientos o si se encontraba en punto de observación en la distancia.
Mientras leía esta novela, sentí en el Capítulo VI, la presencia, en sus caminos misteriosos, de la Virgen María de la Caridad del Cobre y de los Remedios, el lado femenino de Dios, esparciendo bendiciones en la manigua, en las calles de la isla y en el exilio.
Ojalá esta obra literaria pueda-en última instancia- servir para que otros pueblos tomen conciencia respecto a la destinación de la utopía socialista y de la verdadera esencia de la denominada “izquierda”, pero de algo si estoy seguro, la mayoría de los cubanos, se encontrarán a sí mismos en algún rincón de esta novela.

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