La Mujer en la Era de la Globalización (Parte #1 de 8).

Por Reynaldo Fernández Pavón

Una introducción necesaria.

Este documento recaba solidaridad para denunciar la situación de discriminación y marginación de la mujer contemporánea, realidad que es universalmente aceptada. Por tanto cuanto, La mujer en la era de la globalización, hace un llamado a todos los hombres de buena voluntad sobre la tierra: intelectuales, escritores, artistas, profesionales, trabajadores, estudiantes y a los jefes de estado, para que no continúe postergándose la consecución de legislaciones que sean permanentemente monitoreadas por tribunales nacionales e internacionales y que de forma definitiva garanticen la protección física, psíquica y espiritual de las mujeres, así como la creación de carteras ministeriales de igualdad, cuyas funciones permitan la instauración de  instituciones y políticas que velen por el ejercicio irrestricto de los derechos de la mujer y permitan su plena participación política y social en todos los rincones.

Ninguna acción en este sentido deberá ser considerada suficiente hasta el logro pleno de estos propósitos.

Lecciones de la historia.

Ha sido demostrado históricamente que las buenas voluntades y las declaraciones sobre la igualdad de derechos no han significado necesariamente la consecución de estos nobles objetivos.

En Estados Unidos de América en 1787, siguiendo los ideales de la Ilustración Francesa, la joven nación americana emerge al concierto de naciones creando una democracia constitucional que redacta una constitución considerada la más antigua constitución que se encuentra en vigencia; declaró en su preámbulo que se establecía para asegurar a sus descendientes los beneficios de la libertad, sin embargo esos derechos políticos para hacerse extensivos a las mujeres y los negros tuvieron que ser resultado de arduas luchas por los derechos civiles que se protagonizaron hasta la segunda mitad del siglo XX.

La Revolución Francesa redactó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, pero desafortunadamente en la práctica no incluyó los derechos políticos y sociales de las mujeres.

Desde el siglo XVIII los tiempos modernos han sido testigos de movimientos sufragistas, feministas y de mujeres trabajadoras del campo y la ciudad en todos los continentes. Estos movimientos generaron ideas políticas y conceptos progresistas reflejados por Simone de Beauvoir y Betty Friedan con la publicación en 1949 de El Segundo Sexo y en 1963 de La mística de la femineidad, respectivamente; obras que tambalearon la armazón de los antropólogos que proclamaron durante siglos la superioridad de los hombres sobre las mujeres, concepción que condicionó los prejuicios que condenaron al llamado “sexo débil’ a la discriminación y a la marginación.

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La discriminación por sexo, desde el punto de vista teórico y antropológico, converge en una coordenada de la práctica social con la discriminación por religión, orientación sexual, raza y clase social, y es en sí, una de las causas que no han permitido a la sociedad contemporánea salir de la prehistoria y entrar en la historia.

La mujer ha sido discriminada a nivel de la sociedad en su conjunto por género, a lo que debe añadirse que, en la mayoría de los países de Asia, África y América Latina, durante la época colonial y neocolonial, la segregación y marginación se proyectó respecto al origen, color y las creencias religiosas de los colonizados por parte de las metrópolis. En esas condiciones históricas, la mujer fue víctima, durante siglos, de la opresión en el marco de la pareja por razón del contrato social que ha significado el matrimonio, otorgándosele la función de procrear, cuidar de la dependencia y la entera responsabilidad de las labores del hogar.

1975 fue proclamado “El año Internacional de la mujer” por las Naciones Unidas, esta decisión ayudó a que los gobiernos se esforzaran por mostrar en sus vitrinas una imagen menos discriminatoria de las mujeres.

En 1994 se celebró de La convención Interamericana para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra la mujer que determina que la organización de Estados Americanos (OEA) se comprometa a modificar las leyes y normas necesarias para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres. En esta Convención de Belem do Pará se proclama “que toda mujer tiene derecho al reconocimiento, goce, ejercicio y protección de todos los derechos humanos y a las libertades consagradas por los instrumentos regionales e internacionales de derechos humanos. Estos derechos comprenden entre otros:

  1. El derecho a que se respete su vida;
  2. El derecho a que se respete su integridad física, psíquica y moral;
  3. El derecho a la libertad y a la seguridad personales;
  4. El derecho a no ser sometida a torturas;
  5. El derecho a que se respete la dignidad inherente a su persona y que se proteja su familia;
  6. El derecho a igualdad de protección ante la ley y de la ley;
  7. El derecho a un recurso sencillo y rápido ante los tribunales competentes, que la ampare contra actos que violen sus derechos;
  8. El derecho a la libertad de asociación;
  9. El derecho a la libertad de profesar religión y las creencias propias dentro de la ley y
  10. El derecho a tener igualdad de acceso a las funciones públicas de su país y a participar en los asuntos públicos, incluyendo la toma de decisiones.”
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