La Poesía de Lezama

Por Enrique Patterson

Profesor de Historia de la Filosofia, ensayista y critico literario

Apresurado fantasma de nadas conjeturales, el nacido dentro de la poesía siente el peso de su irreal, su otra realidad, continuo. Su testimonio del no ser, su testigo del acto inocente de nacer, va saltando de la barca a una concepción del mundo como imagen. La imagen como un absoluto, la imagen que se sabe imagen, la imagen como la última de las historias posibles.”

Lezama Lima.  “Las imágenes posibles“.

José Lezama Lima es un caso inusitado en la literatura cubana e hispanoamericana, pienso que solo comparable a Jorge Luis Borges. Figura de una cultura enciclopédica, erudita, me atrevo a afirmar que, toda su monumental obra puede reducirse a la poesía, aunque cultivó también la novela y el ensayo con excelencia.

Su única novela, publicada en vida, Paradiso (1966), es considerada como una de las cien novelas más importantes de la lengua hispanoamericana del pasado siglo.

Pero Paradiso puede asimilarse como una extensión o como la culminación de la concepción peculiar que Lezama tenía de la poesía; y sus ensayos, la teorización —también lírica— de una concepción poética que, en su caso, se identifica con una concepción del mundo. Es así, desde la poesía, que Lezama deviene novelista, ensayista y… filósofo.

Su trayectoria literaria comienza en 1937 con la publicación de su poema “Muerte de Narciso”. A partir de ese momento Lezama se convierte en un animador de la cultura cubana a través de las revistas Verbum (1937), Espuela de Plata (1939-1941) y Nadie parecía (1942-1944).

Alrededor de la revista Orígenes (1944-1956) nuclea a un grupo de poetas, músicos, pintores, críticos y animadores de la cultura que se convierte en un polo del movimiento literario y artístico de esos años. Entre los miembros del Grupo Orígenes, muchos de los cuales trascienden la dimensión nacional, además de Lezama, se destacan poetas de la estatura de Gastón Baquero, Ángel Gastelú, Eliseo Diego, Virgilio Piñera (también dramaturgo), Lorenzo García Vega, Cintio Vitier (también crítico literario) Fina García Marruz y Octavio Smith.

De igual modo, formaron parte de Orígenes el compositor Aurelio de la Vega y los pintores René Portocarrero y Mariano Rodríguez, entre otros. La influencia de Orígenes, y de Lezama Lima en particular, va más allá de su mera existencia como publicación y como grupo para convertirse en un polo de referencia —por asimilación o por rechazo— de la literatura cubana hasta nuestros días.

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Los poemas de Lezama son ‘tratados de filosofía’; del papel gnoseológico de la imagen para develarnos la estructura oculta pero real del mundo; de la poesía como instrumento superior del conocimiento y del poeta como el sujeto del conocimiento capaz de descubrirnos esa estructura que se le escapa a otras disciplinas del saber.

Pero, además, mientras que los saberes particulares tratan con los fenómenos de la experiencia, y la filosofía tradicional nos explica la estructura del mundo mediante los conceptos, Lezama nos propone que el poeta, en tanto filósofo, se relaciona. Por tanto, nos explica la estructura del mundo a partir de imágenes poéticas que para él tienen un valor sustancial, ontológico.

El mundo, para Lezama, es pan-poético. La imagen poética es la esencia de la realidad y el medio a partir del cual ella puede ser comprendida. Lo absoluto no se comprende a partir del concepto, como planteaba Hegel, ni del sentimiento, al decir de los románticos, sino a partir de la imagen y las asociaciones que establecemos con ellas desde la experiencia de la cultura. Este absoluto poético es Dios.

En esa dirección, el sujeto poético se convierte en el elegido capaz de mostrarnos la realidad del mundo. El sujeto poético no especifica –la explicación sería un instrumento demasiado analítico para una visión tan totalizadora como la de Lezama– sino que muestra y postula el absoluto a partir de la relación de las imágenes y se convierte en el elegido capaz de mostrarnos la realidad del mundo.  El hombre, solo en la figura del poeta es quien nos muestra a Dios. Queda la duda de si no es el poeta el Dios mismo, en tanto que es él quien lo percibe —¿o inventa? —esa realidad divina.

En esto Lezama sale airoso. El criterio para aceptar la existencia del mundo no radica en la comprobación de su existencia sino en la apreciación de la belleza del texto. El texto mismo es esa realidad. La imagen poética es la sustancia y la estructura del mundo. La poesía deviene en religión y el poeta se confunde entre la figura del apóstol visionario y la del demiurgo.

Lezama deviene así el creador de una religión estética o de una teología, algo que sin querer lo confronta problemáticamente con su catolicismo, a la vez que lo eleva como sacerdote de la una religión contemplativa basada en la poesía.

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Los poemas que he seleccionado, además de su belleza, ilustran esta concepción.

Lezama se niega a aceptar la explicación del mundo desde la dimensión cuantitativa de las ciencias naturales o desde la dimensión conceptual de la metafísica tradicional. La explicación cuantitativa es incapaz de percibir el “hechizo” del mundo. Toda “cantidad” —explicación cuantitativa— esta “hechizada” —captación poética—. Hechizo que solo puede ser captado a través de la imagen poética. Lo mismo ocurre con los conceptos fríos de la metafísica.

A veces el poeta— por su capacidad de captar las imágenes que la realidad escondida le ofrece— avanza seguro, como un mulo en la noche, en su peligroso y fugaz viaje por el abismo del mundo. Las imágenes lo sitúan desde la perspectiva de la eternidad “Rapsodia para el mulo”. A veces esa realidad se le escapa, lo elude, en el momento en que estaba a punto de aprenderla en el poema. “Ah, que tú escapes en el instante/ en el ya habías alcanzado tu definición mejor”. En ambos casos la naturaleza de la imagen poética aparece dinámica y elusiva. En el primer caso, porque el sujeto poético solo se aferra a la percepción de una imagen que lo sostiene problemáticamente en una veloz caída donde la vida, en su temporalidad, se le (y lo) derrumba. Y en el segundo, porque es la propia imagen la que, en el momento de concretarla se le escapa desaparece. La función del poeta es fijarla (“Muerte de Narciso”), o mostrar el proceso en el que se fija o se escapa.

Sería interesante analizar el surgimiento y el establecimiento de la poesía de Lezama, — “La torre de Marfil” —  en la poesía cubana, a partir de analizar el papel del poeta y de la poesía en la conformación de la nación durante el período colonial, y su papel posterior, en la República y el período revolucionario que se inicia en 1959.

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