Y la gente se quedó en casa…

Este poema parece haber sido escrito para estos días en que la humanidad se encuentra en cuarentena, pero es de 1869, hace 152 años. Está tomado de “La Historia de Iza”, de Grace Ramsay, seudónimo de Kathleen O’Meara, escritora y biógrafa católica, irlandesa-francesa durante la era victoriana tardía. Era corresponsal en París de “The Tablet”, una revista británica. Los invito a leerlo para que de la sorpresa la meditación les invada.

Y la gente se quedaba en casa

Y leía libros y escuchaba.

Y descansó e hizo ejercicios

e hizo arte y jugó

y aprendió nuevas formas de ser

y se detuvo.

Y escuchó más profundamente.

Alguien meditó.

Alguien rezó.

Alguien estaba bailando.

Alguien se encontró con su sombra

Y la gente comenzó a pensar diferente.

Y la gente sanó.

Y hubo ausencia de personas que vivían

en una peligrosa ignorancia.

Sin sentido y sin corazón,

incluso la tierra comenzó a sanar.

Y cuando el peligro terminó

y las personas se encontraron,

lloraron por los muertos

y tomaron nuevas decisiones…

Y soñaron con nuevas visiones

y crearon nuevas formas de vida.

Y curaron completamente a la tierra,

justo cuando fueron sanados.

Cuando la tormenta pase

y se amansen los caminos

y seamos sobrevivientes

de un naufragio colectivo.

Con el corazón lloroso

y el destino bendecido,

nos sentiremos dichosos

tan solo por estar vivos.

Y le daremos un abrazo

al primer desconocido

y alabaremos la suerte

de conservar un amigo.

Y entonces, recordaremos

todo aquello que perdimos

y de una vez aprenderemos

todo lo que no aprendimos,

Ya no tendremos envidia,

pues todos habrán sufrido.

Ya no tendremos desidia;

seremos más compasivos.

Valdrá más lo que es de todos

que lo jamás conseguido.

Seremos más generosos

y mucho más comprometidos.

Entenderemos lo frágil

que significa estar vivos,

Sudaremos empatía

Por quien está y quien se ha ido.

Extrañaremos al viejo

que pedía un peso en el mercado,

que no supimos su nombre

y siempre estuvo a tu lado.

Y quizás aquel viejo pobre

era tu Dios disfrazado.

Nunca le preguntaste el nombre

porqué estabas apurado.

Y todo será un milagro.

Y todo será un legado.

Y se respetará la vida,

la vida que hemos ganado.

Cuando la tormenta pase,

te pido Dios, apenado,

que nos devuelvas mejores,

como nos habías soñado.

 

 

 

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¡Feliz fin de año!

Eniola Publishing y Eniola Records LLC

Les desean un feliz fin de año 2020 en unión de sus familiares y amigos, y un 2021 con salud, paz, amor y prosperidad. Les agradecemos cada minuto que hayan dedicado a nuestras páginas sobre música y literatura. Prometemos hacerles llegar más temas de interés y con mayor calidad el próximo año.

¡Bendiciones!

Equipo de Producción

 

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Los últimos relatos por Manuel Gayol

Protohistoria invisible para la incertidumbre

                                              Poemario bilingüe de Reynaldo Fernández Pavón

Por Manuel Gayol Mecías

Nos hemos adaptado a las tinieblas porque de ellas es la luz…

—¿O no? —

“Un nuevo orden se aproxima”

Los últimos relatos

Reynaldo Fernández Pavón (compositor total: en lo clásico y lo popular y en estrecha armonía con la poesía) es un autor que gusta debatir la Historia, pero además y fundamentalmente, cuenta con una cosmovisión profunda y en muchas ocasiones la tiene presente en sus creaciones musicales y en la literatura. Me atrevo a decir que su pasión es la creatividad y que mucho de su interés humanista no solo se canaliza a través de la composición musical, sino además en su intuición histórica mediante la poesía. Y es esto último lo que nos ocupa debido a la publicación de su más reciente libro, Los últimos relatos (una selección de poemas suyos, publicada en Estados Unidos por Eniolá Publishing, 2020). Aun cuando su título parece hablar de narrativa, no es sino un conjunto de verdaderos poemas que desde una genuina perspectiva tropológica busca y encuentra la manera ideo-estética de contar una crónica invisible; digamos una leyenda que probablemente se conoce muy poco y cuyo sentido sí podría indicarnos un amplio y remoto proceso épico; proceso enfrascado en toda su extensión en una poética de “sentir y contar” su propio y particular (por diferente) modo de interpretar los entresijos secretos de la Historia oficial.

Toda poesía, en sus inicios, contaba una aventura, un testimonio y hasta el surgimiento de un mito, o dejaba, al menos, los rasgos de una acción legendaria en la memoria de los hombres. De ahí la Ilíada y la Odisea, por ejemplos. Por estas razones, en estos poemas que veremos aquí hay una marcada significación del despertar de la humanidad, de los valores y la sensibilidad del ser, de la necesidad sustancial de sugerir de dónde venimos, o al menos, crear cierto camino intuitivo del hecho sensible (o sea, para hacernos sentir) una rara inquietud protohistórica por nuestros ancestros. Es por ello que Fernández Pavón recurre a una potencialidad de la épica, que se esconde en la relación semántica, en la que el asombro radica en una exacta y enriquecida selección poética entre la metáfora y la conceptualización de su palabra. Esta posibilidad incurre en poemas que están imbuidos de una creativa experiencia que ha tenido mucho que ver con el proceso sociopolítico de su patria y de la humanidad.

Indiscutiblemente, como ya se ha dicho por el profesor y ensayista Enrique Patterson, estos bellos poemas de Reynaldo Fernández Pavón siempre han apuntado hacia una compleja cosmovisión del ser humano no solo como especie, sino también como individuo en cuanto a su proyección de una gran trascendencia. Es a bien decir, que estos poemas que conforman un conjunto sin fin, Los últimos relatos, buscan y encuentran el “más allá” de una Isla para resonar en un gran diapasón del mundo.

Pero ese “resonar” no es un simple escuchar de palabras en sonidos, no están siquiera sujetos por los límites del orbe. Es más bien la apoteosis de una intimidad henchida de gratitud por la vida. Es la composición total de toda una visión cósmica, que gravita entre nosotros con sus profundas necesidades humanas, pero que es imparable ante los extraordinarios sueños de libertad. Es lo que he llamado siempre “la utopía posible”; esa búsqueda de engrandecer más y más nuestra propia condición humana. Desde los griegos nos viene, y desde los sumerios encontramos los indicios de esta épica histórica, desde el Gilgamesh y su primer oponente y después amigo, Enkidu, cuando ya el hombre piensa en la inmortalidad para igualarse a los dioses.

♦♦♦

            La primera parte son “cantares” en el que se revela el origen. Lo primigenio del ser que habla muchas lenguas, que imita la grandeza venida del cielo: ángeles creadores que, según se sospecha, nos permitieron la vida. Esa multiplicidad, esa diferencia unida como paradoja inexplicable de lo nacido igual-distinto y enlazado en la genética de los dioses. ¡Oh, belleza!, ¿dónde está la luz que aún habita en mí? ¿Y las cabezas… las gigantescas cabezas de la primera Historia?, me preguntaría yo sobre las incógnitas de sus poemas, tal como siento ante esta deliciosa bruma del pasado:

Revela los cantares de tu origen.

Háblales en lenguas,

cuéntales de la ola de secuestros

y muéstrales las huellas del tráfico incesante;

a ver si el asombro los lleva de regreso,

al sitio donde los dioses se alejaron;

donde habita la luz que los condujo

hasta las tierras donde plantaron cabezas

(esculpidas con basalto.

[Fragmento de “Cantares”, I, p. 11].

            De este libro, ya desde esta primera parte de los “Cantares”, emana una atmósfera épica que nos acerca, con buen tino, a las travesuras imaginativas de los juglares, o quizás mejor: de los trovadores, que ya daban luz a la realidad-ficción de una epopeya o romance aparentemente invencionados para engrandecer al ser en su propio trasiego humano. Aunque no encontramos héroes explícitos en estos cantos de Fernández Pavón, sí percibimos un gran sentido de gesta que surge del sujeto lírico (porque elegíaca es la emoción que nos trasmite) en todo lo que nos advierten sus versos. Y, de hecho, porque la heroicidad se encuentra en la humanidad de su palabra, en la belleza de sus imágenes. Más que comentarios —nos insinúa ese protagonista enigmático— son señalamientos de lo que ha pasado en la vida humana, y al usar la segunda persona del singular, nos advierte cómo reconocer que todas las cosas tienen sus memorias, sus semblanzas, sus crónicas:

…los ámbitos donde nacieron las incandescencias,

la escritura cuneiforme y el accidente.

Después de la contracción,

todo podría ser absolutamente igual,

o absolutamente diferente.

No han existido números semejantes.

Los auxiliares no han vuelto a visitarnos.

Después de andar la tierra y de cercarla,

los guardianes volaron en los querubines,

tú los convocaste por sus nombres y sus conocimientos

que se refractan en la profundidad de todas las cosas.

[Fragmento de “Cantares”, I, p. 14].

             Estos “cantares” nos dicen de algo muy remoto, pero donde ya la inteligencia del ser humano iba tomando su camino. Es decir, algo que podría venir de la protohistoria. La conciencia entonces tendría sus proyecciones, específicamente su cosmovisión luminosa. El ser iba mitificando las realidades corpóreas a su alrededor y los ángeles caídos de una región lejana del Sistema Solar eran convertidos en dioses que recreaban al hombre a modo de sumisos laborantes a los que se les dejaban —tal vez sin querer— los genes de la barbarie:

¡Ay de las criaturas terrestres!

¿En qué momento fracasó el experimento?

¿A la imagen de qué barbarie

fue creada la cultura de la muerte?

Fe que se renueva segando vidas;

parece como si nunca, nunca,

colmara su sed.

[Fragmento de “Cantares”, IV, p.19].

            Quizás estos fueron los seres, ya de alguna manera humanizados, que dieron lugar a Sumer, que construyeron ciudades (Uruk, Ur, Eridú, Kish, Lagash, Uma, Nipur y tantas más) y propiciaron la cultura mesopotámica. Quizás solo fueron seres que habitaron en el inconsciente de Fernández Pavón, pero que por tales también se arrebujaron entre los escombros de una secreta primera civilización, que solo ahora podemos tener en cuenta a través de tablillas de escritura cuneiforme, donde ángeles caídos se convierten en dioses y diosas; diosas que mucho tienen que ver con el alma mater de nuestra auténtica nascentia, con sus dos naturalezas: la divina y la humana.

De las divinidades nos viene una mujer universal y renace en las “Iluminaciones” de estos poemas. Es una segunda parte en la Historia de los seres de este mundo. Es la gestación del ser por nosotros mismos. Es la mujer la gran progenitora de todas las potencialidades y posibilidades. Nuestra verdadera diosa de la fertilidad, de la creatividad. Conciencia de nosotros como los seres que ahora caminamos por la fe, sin la mano de los dioses. Los ángeles caídos nos abandonaron, pero quedaron nuestros propios pasos, el aliciente de la utopía hacia adelante. Nuestra propia lucha contra la Nada, contra la sed de la sangre y el fracaso del experimento. A partir de nuestra grandiosa madre en su sublimidad, nosotros, todos, renacemos al dolor y a la esperanza.

… ¡Ah, la fruta prohibida!

¡Ah, los temblores del parto

y la simiente donde amaneció la existencia!

Así, a pesar de los quebrantos,

sobrevive la memoria en estertores…

Misterio del Universo:

En ti se han gestado las creaciones

como semillas sedientas en una siembra de credos;

y surges tú de las profundidades.

¡Oh, magnífica maga que te vuelves anhelos!

¿Qué sería de la vida sin tu aliento prodigioso?

Una gran pena en silencio.

             [Fragmento de las “iluminaciones” I, p. 21].

            Del renacer, y por la misma salida del Sol, “hay que amanecerse”. Y siento que mi “canto viaja con los navegantes de Gadir” (y da lo mismo Eritrea, Gadeira o Islas Gaditanas), que vayamos todos a “reposar en las esteras de Olissipona y Canea”. Porque “te hablan por mí las voces de la antigua Varanasi, / la sensualidad de Damasco, los caracoles de Jaffa”. Ciudades importantes que en ocasiones dejan rasgos en el corazón. Como toda buena literatura, los poemas principalmente son un viaje a la Imago, y así los lugares se identifican con la belleza de sus imágenes. Porque el mundo, la Historia y los recuerdos ancestrales también son imágenes, quedan como imágenes que brotan del subconsciente, a veces como flores, otras como espinas relucientes de tanto filo. Las subtituladas “Iluminaciones” perfilan el viaje que indudablemente conduce a la “inmortalidad”. Porque es un viaje sin tiempo, “en la coordenada del nunca-jamás. /Este tránsito acontece/ en el mapa de la transmigración” [“Iluminaciones”, V, p. 25].

Ese interlocutor con que cuenta el sujeto lírico es la mujer soñada, la mujer que anda por todos los corredores memoriosos del poeta; es la mujer onírica que como la diosa Innana se fija en su mente como un único tiempo de eternidad:

Regreso una y otra vez a los papiros.

Las auroras conducen a estertores espléndidos.

Los arcanos extienden sus alas.

Ríos tendidos sobre las sienes

acompañan la algarabía de la noche

y la cadencia crepuscular toca los labios

para propiciar eternidad.

La creación se multiplica

En visiones de sueños compartidos.

Ámbito donde los collares rodean las caderas

                                     (y la vida danza.

[Fragmento de “Iluminaciones”, VII, p. 27].

♦♦♦

            En la tercera parte, “El verso continuo”, los hacedores de la alquimia resaltan la magia de ciudades festivas, con nuevas tabernas de peregrinos, donde las miradas furtivas a veces dicen más que las chácharas mundanas, “de disquisiciones y rezos”, de las lenguas antiguas, remotas, crepitantes de sonidos y risas, recordando los abetos, “las fábulas y los cimientos…”. Exactamente es eso: el fecundo sonido del verso, imparable, como “luz de hoguera”. Y la poesía, sí, “¿cómo va la poesía?”. Y desde lo cotidiano, como un coro griego, muchas voces responden al unísono: “como un personaje”. Divina poesía que se destila en versos y forma poemas como canciones. El autor se adentra en su propia creación, más que todo en su propia emoción. Su decir que ahora ha pasado de lo remoto y secreto de las ciudades perdidas a los vientos íntimos del corazón. Es entonces, más bien ahora, el individuo en su palabra. ¿Qué recuerdo le ha traído esa “actriz que se acostó con la gloria, y despertó en medio de un pantano?”. ¿Qué personaje de su historia íntima cobra vuelo en el reino de las nuevas imágenes? Esa mujer que crece en las obsesiones de las pupilas es un aliciente sacado de la Nada, o del aparente Vacío, donde a pesar de lo inexplicable el autor invenciona el aire, las moléculas del aire que se procrean en sus manos y surge la belleza transparente de la mujer universal. En los poemas, las letras semejan gotas de agua, y se escucha el ritmo de la lluvia llenando la fuente. Aquella fuente que, por no tener, tenía un pez que escupía el agua, y los versos, en la superficie, formaban un espejo, donde los rostros se limpiaban de viejos pesares. Y en el patio central de la vetusta mansión, “la soledad es umbral del conocimiento”. Son los poemas que surgen de Ur, del sur de Mesopotamia, de aquellas regiones de carruajes voladores, con las siluetas encantadas y gigantescas de los ángeles caídos:

Las doce tumbas de piedras y ladrillos serán mostradas,

Con gemas de los soberanos de Ur

Entre hojas de sauce,

Allende los territorios donde nació Abraham

Y la caja de resonancia de esa lira,

Convertida en estandarte;

Vibrará en los carros alados.

[Fragmento de “El verso continuo”, VIII, p. 36].

            La cuarta parte, como “Retorno del ocaso”, habla del Padre, que no podía faltar. Ha sido una de las obsesiones afectivas del autor. Su padre prisionero de una dictadura diabólica. Desde el primer poema, todo en esta parte es conmovedor. El hijo convoca la imagen dorada de su progenitor. En realidad, no hay otra luz que no sea la de su propia sangre; una luz que se ahonda cada día del mundo, porque está hecha de amor y conocimientos. Es un dolor estremecedor porque habla de la soledad, del “insondable asombro del silencio en que te perdí”. El padre fue la cúspide de sus ilusiones y lo perdió entre las prisiones, las granjas y la vida misma en el espacio-tiempo de este mundo. Se hace inevitable el leer estos versos:

Padre,

no pude mencionarte antes,

las palabras se fueron colapsando

en las granjas de tu prisión.

Desde entonces trato de encontrarte

en calles de ciudades de las que nunca debiste regresar.

En el banco de los acusados dijiste:

—Hijo, la vida no es más que un breve diálogo

De una puesta en escena.

Padre que estás y no estás:

¿Cómo continuar el viaje?

¿A qué ciclo corresponde este sitio

donde acontece mi antes, mi después?

[Fragmento de “El retorno del ocaso”, I, p.41].

Su padre no solo representa el amor de su familia, incluso la madre buena y grandiosamente humilde que languidece en la Isla, sino que fue el Maestro de sus aspiraciones de los misterios históricos y axiológicamente humanos. Mientras su madre, creadora en todos los sentidos, significa lo nacional, su fuerte amor por lo telúrico, el padre es el universo en sí mismo, es el sendero de la imaginación heroica, es el romántico regreso a los orígenes. Y es por lo que surgen los asombros del planeta: la protohistoria invisible, las aventuras no contadas por los escribas oficiales, los hallazgos de las tumbas y monumentos, la enigmática procedencia de los faraones, los carruajes de fuego descendiendo entre las nubes, las pirámides alineadas con las constelaciones y entre tantas y tantas sospechas de otros mundos. Del Padre al Universo:

Tu rostro convertido en recuerdo,

la conversión de los mapas,

la quema de los códices,

los rollos del mar muerto,

los templos sepultados,

los incendios de Alejandría,

los ismos,

el culto a la ignorancia,

me aferran a tus pechos.

[Fragmento de “Retorno del ocaso”, V, p. 46].

            Los ojos rasgados de una gitana tropical influyen en este poeta, conocimiento que lo atrae en las obras de Víctor Manuel; gitana del mundo con su sensualidad moderna que resalta de pronto en uno de sus poemas. Pero al mismo tiempo es imposible que el poeta en sus versos olvide El rapto de las mulatas, de Carlos Enríquez. El voluptuoso hedonismo cubano se refleja en un violento movimiento de sueños que sobresale de los dos nombres de esos universales pintores mencionados. Y su poema gana con el entrelazamiento poético de esas pinturas oníricas; de esos momentos que se hacen eternos:

¡Ay, Víctor Manuel!

Si pudieras extender tu abrazo,

tus ojos en este espacio,

tu delgada figura por estas calles,

inclinando tu sombrero bajo el Sol,

sobre el cariño en vida de estas ciudades hembras.

[…]

¡Ay, Carlos Enríquez!

Ojalá pudieran raptarse estas imágenes

y volcar en color sus transparencias.

Si hubieran visto estas siluetas

en las entrañas mismas del encanto,

habrían querido compartir estas alucinaciones.

[Fragmento de “El retorno del ocaso”, X, pp. 51-2].

♦♦♦

Los “Versos de la siega” conforman una quinta parte no venida a menos, sino por el contrario enriquecida paradójicamente en su brevedad. Es como la ascendencia ya en la cúspide. El mirar desde arriba todo lo escrito. Los tres poemas que componen la “siega” es el quehacer de una metapoesía. El accionar, el recomponer las ideas pasadas envueltas en la bruma de la poiesis, la sublimación del tropo con el significado-otro de nuevas palabras para reafirmar lo acontecido. Es del ser al ser-otro. Es la creación y el cambio; el movimiento de lo nuevo, y más cuando proclama a su persona: una poiesis del alma. El poema entonces permite la transformación del sujeto lírico, del sentirse necesitado de “sentir” en palabras, de sacar su verdad del pecho y penetrar, poéticamente, en los secretos del hombre. Es un señalamiento para renacer y recordarse a sí mismo que uno, independientemente de ser creador, pertenece a la legitimidad de este mundo.

Nacidos de un proto-pueblo

las visiones danzan el adagio de lo ignoto,

imágenes que dan paso a toda forma.

Desarmonía que se refracta,

percepción de los sueños

cuando cambio los epítetos.

Al ritmo de voces sonando a elegía

tomo la imagenería terrestre,

el símil transfigurado en acordes,

los armónicos celestes,

y la morfología que se asoma

como si hubiese sido antes

reminiscencias de las letras

paso de las gestas,

sentido de la transmutación,

belleza fundida en cadencia,

sin principio, sin definición…

[Fragmento de “Versos de la siega”, I, p. 54]

Hay como una receta en la búsqueda de su propia creación. Al Poeta le interesa la exactitud de sus sentimientos, aun cuando muchas veces el alma se desborda más allá de uno. Los versos se precisan en “la fugacidad, / la recurrencia, / la fragilidad, / las derivaciones / y el flujo de los ciclos; / creando territorios.”. Sin embargo, más puedo decir: los versos vuelan plenos de sugerencias. Las palabras, en verdad, indican sutilmente caminos secretos, dimensiones primigenias de un resonar psíquico. La imaginación del Poeta, intuitivamente, busca otras lecturas de la Historia, incluso, se abre a sí mismo para dar una parte de su biografía más íntima y continua con el símbolo femenino y maravilloso de la vida. Además, recompone su interés pictórico, su reconocimiento a figuras señeras de la pintura cubana, la sensualidad moderna de una mujer genérica, única en su diversidad.

♦♦♦

            Es como si este hermoso poemario terminara con una conclusión de sí mismo, en esa última quinta parte, al menos, en fragmentos de los dos penúltimos poemas, lo que podríamos llamar una metatextualidad poética como autorreconocimiento de lo que se ha propuesto el autor. De aquí “Los versos de la siega”. Pero al mismo tiempo, a esto se vincula una intención de oráculo, vaticinio o augurio que habla de la revelación en estos nuevos tiempos, cuando la Historia se abre, por fin, y se develan secretos social y políticamente guardados, que ya la tecnología y la ciencia los han puesto en la palestra pública. Entonces, el ser humano se dejaría ver en toda su debilidad, o en toda su fuerza de redención. Quizás el pánico, tal vez la resignación de un porvenir sin soledad. O incluso la alegría de haber sabido siempre que hay algo más; o que el acontecer anterior no vino a ser sino una manera cobarde y oportunista para no aceptar nuestra verdadera e ínfima naturaleza; o que la libertad es una ley universal, o, todo lo contrario, que ha sido un disfraz de viejos tiempos, o algo que no tiene asidero, ni razón de ser ante los dioses. Y que, de hecho, desde una incertidumbre humanista nos habrá de afectar. Cambios vendrán, parece decir, y un nuevo espíritu de época nos acecha en el recodo de una cercana esquina. La incertidumbre es el colofón de Los últimos relatos:

Los unos se alejan de los otros.

Las ciudades se pueblan de silencio.

Los poderes palidecen.

Se suceden avisos de destierros.

Se han quedado mudas las voces en las redes.

Caen derribadas las pancartas.

El egocentrismo abre los ojos de impotencia.

Atrincherada, detrás de las fachadas,

la perplejidad sin respuesta.

[Fragmento de “Versos de la siega”, III, p. 57].

 

Manuel Gayol Mecías
Director y editor de 
Palabra Abierta Ediciones
Miembro del Pen Club de Escritores Cubanos en el Exilio
Miembro de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, Corp.

 

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Una Isla en el cosmos: sus últimos relatos.

Una lectura del libro “Los últimos relatos”

Por la Dra. Ivette de los Ángeles Fuentes de la Paz.

Un espacio se vuelve imagen cuando en su nombramiento va ligada una emoción. Ya no será nunca el mismo espacio vivido cuando su remembranza va tamizada por esa emoción que se torna, como sentimiento estético, expresión sensiblemente significante, que le sella como único. Es así como la remembranza del espacio-Isla siempre comporta una motivación latente como el corazón de quien la convoca.

Ahora es esta Isla, Cuba, asida al cosmos en su indistinción, sujeto omnisciente casi adivinado, la que aparece en versos del poeta –también narrador, músico, compositor, profesor y productor- Reynaldo Fernández Pavón, para desde una distancia que se vuelve parte de una historia personal, hacerse cosmogonía. En Los últimos relatos (Eniola Publishing, 2020, edición bilingüe, prólogo de Enrique Patterson), se vuelve a diseñar al compás de imágenes sacadas del recuerdo, un espacio configurado que crece al unísono que la lectura.

El tópico del paisaje natural es asunto consustancial a la poesía cubana, en lo que el investigador y poeta cubano Virgilio López Lemus llamara “el canto a la naturaleza cubana”, que no es más que el establecimiento de una simpatía para trasladar, en una metáfora, la cualidad natural de la poesía. Si bien aquellas primeras descripciones -así como fuera para algunos investigadores la imagen que presentara el Almirante Cristóbal Colón de las Antillas- resultan edénicas, sientan una base de apoyo para la imbricación de geografía y espiritualidad, conjunción que integra con firmeza lo físico con lo espiritual para ofrecer la cualidad de una physis cubana en la poesía, que será el habitáculo perfecto para aquellos “estados de alma” pronunciados por Cintio Vitier sobre el carácter de nuestra lírica. El gran escritor José Lezama Lima acuñaba esta simbiosis de espíritu y naturaleza en su prólogo a la Antología de la poesía cubana (1965) cuando decía que, desde los albores de nuestra historia, y así la historia de la poesía, “la imaginación y la realidad se entrelazan”, para borrar “los confines entre la fabulación y lo inmediato”. El desdibujo entre esa fabulación e inmediatez de lo descrito, es decir, la indistinción entre sujeto físico e imagen, es lo que fija el terreno para un concepto de insularidad que luego de tantas maneras situarían su punto focal como mito.

Esta mirada a la naturaleza cubana de la que parte la idea de la insularidad, se emparienta con aquella visión maravillada del Almirante -así como fuera la de José Martí, entre otros visores- concebida como entretejido entre la imaginación y la realidad, urdimbre que, enriquecida por la imagen poética, será índice de notoriedad y esplendor de una naturaleza cuya utopía supera su cualidad mítica para ser una verdadera ontología que traduce una hermenéutica propia. La imbricación de la naturaleza cubana, prevista desde los cimientos de la historia de la Isla de un modo poético al participar en ella -ya hemos dicho- el elemento amplificador de la imagen aprehendida, es un referente que participa también en la determinación de la insularidad y las expresiones literarias referidas a ella.

Nos asombra y llena de regocijo ver cómo el linaje de esta physis sublimada por la metáfora poética, se ensancha y toma nuevos matices llenos de modernidad –semántica propia, terminología de audaces vuelos siempre ligada a la naturaleza volatizada en espíritu- y a la vez plena de elementos culturales y de enlaces con una tradición épica, en el libro que Fernández Pavón nos regala, y que en saltos que sortean temporalidades, se acerca a aquellas voces de Manuel de Zequeira y Arango, Manuel Justo de Rubalcava, Ramón de Palma, José María Heredia, hasta los también románticos Juan Clemente Zenea y Luisa Pérez de Zambrana, en donde el paisaje se fusionó al alma que resuena. Sin embargo, queremos situar el punto de esta espléndida parábola -que, por supuesto, en su movimiento expande y convierte la visión del mito-Isla en formas expresivas estéticamente diversas- en el tan olvidado Cuba: poema mitológico (1854) de Joaquín Lorenzo Luaces, que aunque vía de expresión “fantasiosa” –al criterio del autor- en el mito y la parodia épica, bucea en los márgenes insulares para buscar un ser nacional más allá de cualquier esteticismo que caracterizara su verso, asunto, por demás, que en una u otra forma, aparece enlazado a la visión mítica de la Isla y a la descripción y representación de los valores insulares, y que en la obra de Fernández Pavón alcanza especial lustre.

Esta particularidad de construcción memoriosa de una nueva “arquitectura espiritual” –al decir de Juan Ramón Jiménez- a partir de un “estado de alma” que eleva los recuerdos, hechos, valoraciones, concepción de una Isla incorporada a la imaginería del poeta, se sustenta en la intención de develar una propia cosmogonía que si bien no se concibe con la particular fantasía épica de Luaces, sí se comparte en ese calidoscopio que de igual modo fantasioso y preso de tantos sentimientos agolpados, se dan como últimos relatos de una Isla recompuesta y recreada, escapada de una fijeza que la impulsa a impregnarse de tantísima universalidad.

Para Fernández Pavón, el diseño de su remembranza delinea un nuevo cancionero apoyado en un epos que le regala la historia. Así se van dando los pasos que han de caminar la epopeya: “Cantares”, “Iluminaciones”, “El verso continuo”, “El retorno del ocaso”, y “Versos de la siega”, recuerdan paso tras paso el mismo camino ya transitado y ahora evocado como poiesis.

Los últimos relatos
Los últimos relatos

La primera invocación es el proemio de un largo viaje: “Revela los cantares de tu origen. / Háblales en lenguas, / cuéntales de la ola de secuestros / y muéstrales las huellas del tráfico incesante; […]”. La epopeya iniciada con el germen del viaje continúa en huellas que se vuelven palabras: “Un día sin avisos, / escribieron el mensaje color ámbar /— como los presagios—, / lo lanzaron a la mar y la corriente lo llevó / (a la orilla planetaria, /donde se había recibido el don de las visiones / y de una oleada, arremetió contra los hechos del devenir”. Es entonces que nos percatamos –como aquel legendario Altazor huidobriano- que la historia del hombre se ha conjuntado con sus palabras, y que la tierra soñada, evocada, es el nuevo paradigma en que se convierte el dolor de los que extrañan:

 

Cuentan, los que lo vieron, que las palabras, al estallar,

se tornaron paradigmas

y tu dolor se transformó en la música de las almas,

para dar a luz al espíritu de la dualidad,

allende las rebeliones de los cielos,

[…]

Las cosmogonías, que comienzan con la luz, se abren cuando sus compuertas las invocan, sin miedo, a iluminar las tinieblas, “-Nos hemos adaptado a las tinieblas porque de ellas es la luz…”-dice el poeta- y así intenta apresar las palabras, hechas utopías, para recomponer su Isla en el nuevo mito que otorga la memoria:

Los relatos han concluido,

las utopías viajan a la deriva.

Habremos de presenciar el final de esta era

en la luz que no vemos

En este nuevo poema-mitológico, se advierten señas discontinuas de esas utopías que en palabras viaja “a la deriva”, por eso no sorprende que en “Iluminaciones”, sepa el creador fundir el alma de las cosas para trazar el “mapa de la transfiguración”, su anima mundi. Para ello, “Hay que amanecerse, / beber café con sol mientras el mundo despierta.”, requisito dispuesto para que el “viaje a la inmortalidad (continúe)”. Aferrado a las imágenes y a las circunvalaciones de los términos, en este viaje al nuevo sol reinventado, “el verso continúa” testimoniando la vida pasada que se arma en el kosmos luego de desligarse en antiguo caos ya imantado. El nuevo mundo, el mundo-música pitagoriano cuyos acordes sentimos en esta epopeya, particulariza sus tonos –sus palabras- para hacernos llevadera la entrada, conocida la aritmética de un orden figurado:

Mis ojos han visto

la luz de la armonía bitonal,

los tonos dorados del otoño,

el arlequín que se ríe de sí mismo

y las torres donde se inició este sistema,

y han regresado al sitio

donde el laúd, los tambores y las claves,

se acuestan para seguir contando historias;

mientras, un verso convertido en costumbre,

me pregunta:

—¿Dónde se confundieron los caminos?

Y en medio del añorado tono justo, agrede disonante el ritmo pretérito que aún confunde:

Esgrimiendo consignas de todos los designios

anunciaron el fin de la prehistoria.

El encarnado se tornó en creencia.

Hubo que mostrar fidelidad a sus revelaciones.

Castrándose, castrando.

Sometidos, sometiendo.

Repetidos, repitiendo.

Desplazados, aplaudiendo.

            Debemos insistir en un concepto que con fuerza destaca en estos relatos –bien exacta tal definición de estos poemas-fabulados- y es aquel tan sensorial de San Agustín cuando hablaba del “lago de la memoria” que es el mismo que el sufismo contempla como “almacén de la memoria” y que marca un cronotopo en la fusión de una idea temporal como lugar, y que ha sido tan bien fijada por la poética del espacio –estudiada con prolijidad por el filósofo francés Gaston Bachelard- y que reencontramos como sustrato en este poemario. La imaginación que configura esta realidad como “otra”, la del poeta, es lo que sitúa la mirada ajena en un punto superior a la realidad física como polo elevado de una metáfora que se moverá a un rango de sugerencia aún mayor desde ese plano fijado en una suprarrealidad, el único que posibilitará el aviso poético de lo descrito. La alteridad que ofrece el espacio, desconocido por ajeno a la realidad inmediata, obliga a una voluntad de imaginación que va más allá del mero proceso de descripción realista, en esa matización fabulada de una historia que fija un nuevo espacio como mito. Sobre tal complejidad de visión, el importante investigador Paul Zamthor aporta un término que nos parece interesante al utilizar “extraneidad”, vocablo que etimológicamente proviene de “estranges” -que en francés antiguo significa “exterior”-, lo que crea un ámbito “extraño” a la vez que subyugante e imperioso de apropiación.

Es precisamente ese esfuerzo por penetrar la “extraneidad” y acercarla a los valores conocidos, es decir, reinterpretarla, lo que sitúa una base de sugerencia y metáfora tan cercana a la poesía, en el mismo espacio de génesis de nuestra historia, una historia que se nos comunica y comuniza en la mirada que la envuelve como fábula. Esta visión testimonial entroncada con la Historia y la cultura -en la que insistiría José Lezama Lima al definir su idea de la “expresión americana” junto a la idea preclara de la “imagen histórica”-, es donde el historiador Max Henríquez Ureña sitúa “el inicio de la creación literaria relacionada con la Isla”.

Es pues que nos tropezamos en este mito reinventado de una Isla, una recuperada génesis que, preñada de visitaciones a tiempos y espacios dispersos por la Historia de la Humanidad, renace como Isla-mito en los relatos de su epopeya. La distancia necesaria a la reinterpretación, incorporados tanto los elementos reales, los fantasiosos, los imaginados, así como los asidos a reelaboraciones de ancestrales mitos y reseñas históricas, es la “mágica distancia” (nos diría esa profeta amiga, la poeta y pintora Cleva Solís) para conformar la “geografía del pacto en la memoria”, desde la cual, reunidos bajo el fuego de la llama, el primer hogar, surge la protohistoria. Así nos dice el autor en sus “Versos de la siega”: “Nacidos de un proto pueblo / las visiones danzan el adagio de lo ignoto, / imágenes que dan paso a toda forma”. Y, como en toda epopeya, más allá del tiempo inmediato, de las palabras que hoy recuerdan, aparece el balbuceo de lo que fuera el caos de una memoria en cada murmullo que se escapa de los tiempos. Para el final de los relatos, será que “Una corona cruza las fronteras. / Se escucha el trotar de sus jinetes/ como antes de estos tiempos.”

El paladeo con que el poeta Reynaldo Fernández Pavón cruza con fiereza la memoria, nos inspira. Los límites del mundo se ensanchan porque no estamos en presencia de un relato lineal, sino de aquel que interpreta las tangencias abruptas y sorpresivas del tiempo. La Isla no es solamente voz insular, sino espacio hechizado que pertenece a todos, regalado a todos por un contemporáneo que por breve instante se ha situado fuera del eje que hace girar la “extraneidad” de los mundos. Y es esa extrañeza que surge de su intención demiúrgica, la que nos atrapa y enreda, porque en el fondo, quisiéramos entrar en esta Isla-otra que se ha arraigado al universo como el verso de un poema-mitológico.

Y estaría bien que nunca se perdiera el ímpetu de la honda que ensancha un margen que nos alcanza, porque en algún recodo de sus aguas quedamos, protegidos y hermanados, pensando que juntos estaremos alguna vez, sentados junto al fuego, soñando el mismo sueño, escuchando sus últimos relatos.

Ivette de los Ángeles Fuentes de la Paz.

Doctora en Ciencias Filológicas (1993) Universidad de La Habana y Doctora en Literatura, (2018) Universidad de Salamanca. Labora actualmente como investigadora titular en el Instituto de Literatura y Lingüística “José Antonio Portuondo”, en La Habana. Directora del Centro de Estudios Arquidiocesano de La Habana (CEAH) y de su revista Vivarium.

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La Cuba del pasado, un tema inevitable.

Por Reynaldo Fernández Pavón

Muchas personas me han solicitado datos que les permitan comparar la Cuba de antes de 1959 y después de instaurado el sistema socialista en 1961. Publicamos a continuación algunos datos que pueden ayudar a establecer esta comparación y el análisis.

Cuba fue la primera nación de la América hispana que utilizó máquinas y barcos de vapor en 1829 y fue la primera nación y la tercera en el mundo (después   de Inglaterra y E.U.) que tuvo ferrocarril en 1837.

En el siglo XIX La Isla Mayor de las Antillas se convirtió en el primer productor y exportador mundial de azúcar y de sus derivados, Europa y los Estados Unidos eran los mercados principales, los niveles de producción se sostuvieron hasta la década del 50 del siglo XX, había gran demanda de azúcar, y Cuba podía surtirla.

Fue un cubano el primero en aplicar anestesia con éter en Iberoamérica en 1847.

La primera demostración mundial de una industria movida por electricidad fue efectuada en la Habana en 1877.

En 1881, el médico cubano Carlos J. Finlay descubrió el agente transmisor de la fiebre amarilla que diezmaba a la población de la época e indicó su prevención y tratamiento.

El primer sistema de alumbrado eléctrico público de toda Iberoamérica (incluyendo a España) se instaló en Cuba en 1889.

Entre 1825 y 1897 España recibía de Cuba entre el 60 y el 75 por ciento de todos los ingresos brutos del exterior.

En Cuba fueron abolidas las corridas de toros antes de terminar el siglo XVIII, por ser “impopulares, abusivas y sanguinarias con los animales”.

La extraordinaria voz de la soprano cubana Rosalía (Chalía) Herrera, famosa en la ópera, fue una de las primeras en el género lírico que se grabaron en cilindros y placas de discos.

El primer tranvía en Latinoamérica circuló en la Habana en 1900 y en ese mismo año, antes que en ningún otro país de Latinoamérica llegó a La Habana el primer automóvil.

El esgrimista cubano Ramón Fonts fue el primer deportista latinoamericano en obtener una medalla de oro olímpica En 1900.

La primera ciudad del mundo en tener telefonía con discado directo (sin necesidad de operadora) fue La Habana en 1906 y en 1907 se estrenó en La Habana el primer departamento de rayos X de Iberoamérica.

El 19 de mayo de 1913, en el aniversario de la muerte de José Martí se realizó el primer vuelo latinoamericano por los cubanos Agustín Parlá y Domingo Rosillo, el cual duró 2 horas y 40 minutos entre Cuba y Cayo Hueso.

En 1915 se acuña el primer peso cubano con un valor desde el primer día idéntico al del dólar, y en ocasiones, hasta 1959, sobrepasó el valor del dólar norteamericano.

Cuba fue el primer país de Latinoamérica en conceder el divorcio a parejas en conflicto en 1918, al promulgar esa ley.

El primer iberoamericano en ganar un Campeonato Mundial de Ajedrez fue el cubano José Raúl Capablanca, siendo a su vez el primer campeón mundial de ajedrez nacido en una nación del Tercer Mundo. Capablanca mantuvo el cetro de Campeón Mundial entre 1921 y 1927.

En 1922, Cuba se convirtió en la segunda nación del mundo en inaugurar una emisora de radio, la PWX, la primera nación en radiar un concierto de música y en crear un noticiero radial. La primera locutora del mundo fue una cubana: Esther Perea de la Torre. En 1928 Cuba contaba con 61 emisoras de radio, 43 de ellas en la Habana, ocupando el cuarto lugar del mundo, superada por Estados Unidos de América, Canadá y la Unión Soviética.  Cuba llegó a ocupar el primer lugar del mundo en número de emisoras por número de habitantes y extensión territorial.

Cuba se convierte en la mayor exportadora en Iberoamérica de Libretos y grabaciones de programas radiales en 1935 y el cubano Félix B. Caignet crea el género de Novela y series radiales.

Cuba decreta por primera vez en Iberoamérica la Ley de Jornada Laboral de 8 horas, el Salario Mínimo y la Autonomía Universitaria en 1937.

En 1940, Cuba es el primer país de Iberoamérica en tener un presidente de color, electo por sufragio universal y por mayoría absoluta.  En esto se adelantó 68 años a los Estados Unidos y en el mismo año, Cuba aprobó la más avanzada constitución de la época.

Fue el primer país de Ibero América en reconocer el voto a las mujeres, la igualdad de derechos entre sexos y razas, y el derecho de la mujer al trabajo. El primer movimiento feminista de Iberoamérica apareció a fines de los treinta en Cuba. Se adelantó 36 años a España la cual no le reconoció a la mujer española el derecho al voto, la potestad de sus hijos, ni derecho a tener un pasaporte o abrir una cuenta de banco si no era autorizada por su marido, hasta 1976.

En 1942, el cubano Ernesto Lecuona se convierte en el primer Iberoamericano Director Musical de una productora cinematográfica mundial y fue el primer latinoamericano que recibió una nominación al Premio OSCAR.

La primera mujer iberoamericana que cantó en La Scala de Milán fue la cubana Zoila Gálvez en 1946, la segunda fue Marta Pérez en 1950.

Cuba fue el segundo país del mundo que emitió formalmente un programa de televisión. Desde 1950 los artistas de mayor fama internacional viajaron a La Habana a actuar ante las cámaras de televisión. En 1951, un cubano se convierte en el Productor más célebre de la televisión norteamericana: Desi Arnaz, siendo el primero en el mundo en usar una tercera cámara en programas televisivos.

En 1951 se construyó en La Habana el primer hotel del mundo con Aire Acondicionado Central: El Hotel Riviera, y en 1952, se construye el primer edificio de apartamentos del mundo con hormigón: El edificio Focsa.

Durante los años 1954-1955, Cuba poseía una vaca por cada habitante y ocupaba el tercer lugar en Iberoamérica -tras Argentina y Uruguay- en el consumo de carne per cápita y es el segundo país de Iberoamérica con menor mortalidad infantil. (33.4 por cada mil nacidos vivos).

La ONU reconoce a Cuba como el segundo país con los más bajos índices de analfabetismo en 1956, (23.6%). Haití tenía el 90%, España, el Salvador, Bolivia, Venezuela, Brasil, Perú, Guatemala y República Dominicana el 50% y en 1957 la ONU reconoce a Cuba como el país de Ibero América con mejor índice de médicos per cápita (1 por cada 957 habitantes), con el mayor porcentaje de viviendas electrificadas (82.9%) y viviendas con baño propio (79.9%) y el segundo país -detrás de Uruguay- en el consumo de calorías per cápita diario: (2,870). En este propio año La Habana se convierte en la segunda ciudad del mundo en tener cine de tercera dimensión y multipantallas (El cine Radiocentro). En 1959, la Habana era la ciudad del mundo con el mayor número de salas de cine: 358, superando a Nueva York y París, que ocupaban el segundo y tercer lugar respectivamente.

Cuba es el segundo país del mundo en difundir programas de televisión a color y es el país de Iberoamérica con mayor número de autos circulando (160,000, uno por cada 38 habitantes) y con más kilómetros de líneas férreas por Km2 en 1958 y es el país que más electrodomésticos poseía y el segundo país en el número total de receptores de radio per cápita entre las naciones de la América Latina.

En la década del cincuenta, Cuba ocupó el segundo y tercer lugar en ingresos per cápita de Iberoamérica, superando a Italia y a España. A pesar de ser un país pequeño y que sólo tenía 6.5 millones de habitantes ocupaba en 1958 la posición 29 entre las economías del mundo y la balanza de pago estaba a favor de La Isla con respecto a naciones como Inglaterra y los Estados Unidos de América.

Por estas y otras realidades históricas, la primera consigna económica de la Revolución en 1959 versaba:

“Consumir Productos Cubanos es hacer Revolución…”

 

 

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La poesía como experiencia humana

Por  Enrique Patterson

En “Los Últimos Relatos” el poeta, novelista, dramaturgo y compositor Reynaldo Fernández Pavón nos entrega una obra que creo, culmina un largo desarrollo tanto de su concepción de la poesía como de la experiencia humana vista en dimensión cósmica e histórica.

Los últimos relatos
Los últimos relatos

En la buena poesía escrita en El Caribe,  el condicionante de la insularidad, a menudo conduce al regodeo del espacio limitado que es todo paisaje, como de la específica experiencia íntima o social que propician las islas. Sin embargo, es también en El Caribe donde a veces aparecen esos grandes chispazos poéticos que lanzan la poesía hacia el más allá de los temas propicios de su condición geográfica o política, para conducirla hacia visiones cósmicas; intentos poéticos de trascender la dimensión limitada de una experiencia que la cartografía o la historia condicionan. Pienso en Saint J. Perse, Gastón Baquero, José Lezama Lima, Aimé Césaire. Es en esa vertiente en la que ubicaría a “Los Últimos Relatos”.

             El poeta no abandona sus temas anteriores; a saber: la relación del individuo y la historia, las migraciones marítimas forzosas que en la poesía cubana son casi un leiv motif en los poetas afrodescendientes y -dada la experiencia histórica posterior- en la poesía en general; así como el amor en tanto que experiencia salvadora o agónica. Lo novedoso en el poemario es la ausencia de una particular locación geográfica o histórica para proponernos una historia o experiencia otra, la del cosmos, donde la historia humana no es más que la expresión y, acaso, un pequeño capítulo de una gran teodicea.

            No cabe dudas de que, con este libro, el poeta se propone llevar la poesía a sus orígenes, donde se confundían el poeta y el profeta, el historiador y el fabulista, el poema cosmológico con el texto sagrado, la mitología con la ontología.

            El dialogo no es con nosotros, es con esa entidad que el poeta ve solo desde los lentes de su poética y que le permite brindarnos “Los Últimos Relatos”, de una era que, al parecer termina. Pero este recorrido cósmico, se presenta como también estilístico, aunando así el tono solemne de los antiguos poemas épico-cosmológicos, la exaltación del romanticismo, la profundidad de la poesía ético-filosófica, el conceptualismo del barroco y la percepción de los simbolistas, en el marco de la poesía conversacional.

            Todo el poema es una conversación con un ser otro donde el poeta se presenta como receptor de un saber-otro que, por haberlo alcanzado, le permite cerrar la experiencia de una historia del hombre y el mundo.  “Los Últimos Relatos” ubican al poeta también en un más allá, donde habitan los dioses de la alta poesía.

            Enrique Patterson, se graduó de Licenciatura en Lenguas y Literatura en 1977, especializado en Estudios Cubanos y en Historia del Pensamiento Filosófico, ejerció como Profesor de Historia de la Filosofía en la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de la Habana. El profesor Patterson es un reconocido ensayista y crítico literario.

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Deseamos éxitos a los lectores en el 2,021

Eniola Publishing y Eniola Records LLC les desean un feliz fin de año 2020 en unión de sus familiares y amigos, y un 2021 con salud, paz, amor y prosperidad, y les agradecemos cada minuto que hayan dedicado a nuestras páginas sobre música y literatura.

Les prometemos hacerles llegar más temas de interés y con mayor calidad.

Equipo de producción.

 

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La Soledad Histórica y otros ensayos – ¡Pronto!

La Soledad Histórica y otros ensayos

 

Eniola Publishing propone a los lectores un libro que trata de temas fundacionales, “La Soledad Histórica y otros ensayos” del profesor Enrique Patterson.  Una obra audaz, conversado en voz alta, a contracorriente de la historiografía republicana primero, y la castrista después.

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Regocijo del criterio por Manuel Gayol Mecías

Uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído.

Jorge Luis Borges

Solo se puede leer para iluminarse a uno mismo: no es posible encender la vela que ilumine a nadie más.

Harold Bloom: Cómo leer y por qué

La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.
Mario Vargas Llosa: Elogio de la lectura y la ficción

La crítica es el ejercicio del criterio: destruye los ídolos falsos, pero conserva en todo su fulgor a los dioses verdaderos.

José Martí

    Una verdad lapidaria es esa que Jorge Luis Borges nos enseña en relación con la lectura, y es que esta es formativa (aunque también deformante). En su caso específico, queda claro que sin la lectura no se puede escribir y, mucho menos, andar en la vida. Pero debemos saber lo que leemos y, al mismo tiempo, necesitamos saber cómo andamos por este mundo tan complejo, en el que, cada vez, se necesita conocer más, pensar mejor y ampliar la cosmovisión cultural. Y es que no solo necesitamos la información periodística, sino además la información profesional de los libros y la sensibilidad auténtica del pensamiento, en todas las disciplinas, así como del arte y la literatura.
En efecto, se trata de caminar bien, leer bien para escribir bien, porque si no, nos vamos hacia un despeñadero, al que nos conduce un pésimo tipo de lectura. Aun cuando alguien esté alejado de la creación literaria, leer bien (es decir, entrar en las inquietudes gráficas de los valores) es el sendero hacia una cultura que nos provoque el ánimo de que siempre vamos a encontrar algo nuevo.
Por ello, para evitar la “deformación”, cuando leemos lo hacemos de una manera muy individual; lo que nos hace estar en el mundo, pero al mismo tiempo vamos siendo diferentes. Y esto es muy importante, porque la diferencia es parte de la creatividad de cada uno, es el hecho de hacernos creativos debido, en parte, a que en realidad debemos sentirnos distintos, para en realidad estar unidos como seres pensantes.
De aquí que Harold Bloom nos haga saber, por su parte, como si fuera una primera ley de la literatura, que leer es una de las formas de reafirmarse (reconsiderarse uno mismo) como ser humano. Solo podemos hacer que otro encienda su cirio cuando escribimos, para que entonces ese alguien pueda encender su vela con su propia lectura de lo que le decimos.
Asimismo, cuando leemos, debemos estar conscientes de qué cosa leemos, por qué y para qué leemos (evitando el riesgo de la “deformación”). Así proyectamos nuestra interpretación escrita como una nueva lectura en busca de un lector.
Es entonces cuando Vargas Llosa nos previene de que la buena literatura no solo es aquella que crea una gran fraternidad entre la diversidad humana, sino la que nos saca de… o, al menos, nos hace reconocer “la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez”. Y esto es lo que he tratado en este libro, de crear un corpus de diez interpretaciones dramativas, de dramas disímiles en géneros, temas y estilos que puedan inducir al lector no solo a buscar las obras presentadas por su alta calidad formal, sino también por sus importantes contenidos: nuevos y esenciales en sus problemáticas de lo contemporáneamente cubano; es decir, mi intento por sacar a la luz las visiones de diez creadores cubanos (por orden alfabético de nombres: Amanda Rosa Pérez Morales, Amir Valle, Armando Añel, Carmen Alea Paz, Guillermo Vidal, Ivette Fuentes de la Paz, José Latour, Julio Benítez y Reynaldo Fernández Pavón) que se basan en valores universales para mantener viva la llama de lo que ha sido la realidad de la Isla en estos 61 años de “Revolución” (y de, hecho, salir de la “ignorancia”, las “ideologías” y la “estupidez”).

♦♦♦

En otro sentido, estas razones asimismo intentan el entusiasmo por la difusión de una narrativa y una pieza teatral de profundas ideas, haciendo que por la calidad de estas obras analizadas se justifique sobradamente la complicidad con los autores. Una conspiración invisible con la audacia de apostar por unos textos que nos permitan el regocijo del criterio; en otras palabras, un juicio gustoso, iluminado por diversos valores universales.
Aquí la complicidad viene a ser entre el crítico y el autor analizado; es la trama que ha propuesto ese escritor para que no solo sea leída, a su manera, con simpleza, sino además para que exista ese otro alguien —en este caso el crítico— haciendo su papel de lector experimentado que resalte los méritos que encontró en esa obra dada, y así sirva de acicate para que otros lectores la busquen. Ello es, de alguna manera, el estímulo al que aspira todo creador, y a lo que asimismo este crítico cómplice contribuye y, de hecho, encuentra el goce, la sensibilidad y la inteligencia.
Pero al mismo tiempo esa complicidad —entre el analista o el intérprete crítico y el narrador— necesita de manera imprescindible de ese tercer participante que eres tú, amigo lector, como lado último que cierra el triángulo (creativo) del enriquecimiento.
Debido a ello, el crítico es un intermediario, una especie de comunicador privilegiado, que dice su opinión, como un resplandor que intenta propiciar la lectura, aun cuando el lector sagaz no tenga, en mucho o en nada, que sucumbir ante los criterios a la hora de recurrir a su propia lectura de la obra.
Siempre que el crítico logre llamar tu atención y llevarte a la consulta directa del texto en cuestión, ya cumple así con su misión, en este caso, de garantía, de crédito, de apoyo. Fábulas, historias y anécdotas que te descubrirán nuevas relaciones con el mundo físico y el mundo de los sueños. Es ese afán de comparar y hurgar en lo que otros escriben; de decir además que, entre tantas cosas, la vida está también hecha de críticas eminentemente felices.

♦♦♦

De modo que el hecho de valorar, de establecer criterios, viene a ser, entre tantas cosas, un sentimiento de regocijo, porque coinciden en mí el análisis lógico, el intuitivo y el gusto. Y es que el acto con que se manifiesta la alegría de concebir el criterio es el hecho de leer algo, pensarlo, comprenderlo y escribir las ideas que provienen de lo leído.
Tanto el acto del análisis racional como el intuitivo me permiten llegar a una segunda y más profunda realidad, al menos desde mi perspectiva individual; y sentirme de esa manera partícipe de la creación leída. Develar un mundo otro en el que yo siento mi contribución, como camino de acercamiento, a esa realidad original que presenta un autor. Y aun cuando el criterio sobre algo puede ser infinito o, incluso, limitado, el aporte podría constituirse en sustancial para otro lector. Y es esa esperanza también (desarrollada en el análisis y en la opinión), de abrir una nueva vertiente de comprensión, lo que termina creando el sentimiento de regocijo en el crítico.
En este caso, diez creadores, diez maneras de buscar acercarnos a la realidad cubana, es lo que espero pueda constituirse asimismo en una llamada —aunque breve— de atención sobre algunos nuevos escritores y nuevos temas de la literatura y el teatro cubanos contemporáneos.

♦♦♦

Por último, quiero reconocer como verdad indiscutible, eso que expresó José Martí de que “la crítica es el ejercicio del criterio: destruye los ídolos falsos, pero conserva en todo su fulgor a los dioses verdaderos”. Crítica es, de hecho, pensamiento enfocado en la demostración de algo, mediante el análisis y la espontaneidad, de manera racional e intuitiva, una y otra, respectivamente; pero también es pensamiento pendular cuando se trata de un extremo armónico (que reconoce, pero asimismo rechaza) o su contrario, el antagónico, que busca la eliminación radical de los “ídolos falsos”.
Ambos tipos de conjuntos críticos: el armónico y el antagónico, por ser pensamientos que se refractan en un ángulo creativo, con su vórtice hacia un objetivo específico, necesitan de la experiencia de un ritmo intelectual: racionalidad consciente, lógica aguda, prueba convincente, o intuición automática proveniente de nuestra propia génesis; salto de gigante remoto que se sorprende a sí mismo.
Por ende, el ejercicio es pensar, función repetitiva y silogística de creación y búsqueda, de encuentro y reconocimiento. En otras palabras, para un acercamiento más simple al igual que profundo, es con exactitud el “ejercicio del criterio”.
Es mi deseo en este volumen no el hecho de eliminar “dioses falsos” porque en este caso específico no los hay, sino el de disfrutar, hasta un nivel de alborozo y placer, del resplandor de nuevos escritores que, de diferentes maneras, iluminan el camino del drama cubano.

Manuel Gayol Mecías. Poeta, narrador, ensayista, crítico literario y periodista cubano.
Fue investigador en el Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas. Ha obtenido importantes premios literarios en Cuba y en EE.UU. Ha publicado numerosos libros, entre los que figuran La penumbra de Dios (ensayos), Ojos de Godo rojo (novela) y La noche del Gran Godo (cuentos). Miembro del Pen Club de Escritores Cubanos en el Exilio y de la Academia de Historia de Cuba en el Exilio, presidente de su filial de California. Asimismo, es vicepresidente de Vista Larga Foundation y dirige la revista Palabra Abierta y su editorial homónima.

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LORENZO O EL ÁNGEL DE LA LOMA

Yvette Vian Altarriba

A Lawrence García, el Charrito, en su 70 cumpleaños.

30 de Abril, 2013

La Habana

Había una vez un niño de nombre Lorenzo, que había nacido en la Loma del Ángel.  Lo vestían con pantalones ¨bombaches¨ (inflados y rizados en las rodillas). Cuando salía  a jugar, su mamá le advertía:

    – No te vayas lejos, mijito, juega donde yo te vea –y siempre le ponía una gorrita azul, de pelotero, para que no se confundiera con ningún otro Lorenzo.

   Pero un día el niño perdió su gorra (¿fue el viento marino, ese perverso se la voló?) 

   Buscándola  por el  barrio, sin darse cuenta Lorenzo  se metió en el laberinto de las calles, callejuelas  y callejones de adoquines, subiendo, bajando, doblando esquinas… hasta que  fue a parar tan lejos, tan lejos  que nunca pudo encontrar  su gorrita. Y  en eso, también  perdió el camino de regreso.

De manera que cuando me lo presentaron, Lorenzo era un viejito con pantalones bombaches y un sombrerón mexicano. Al cabo de las buenas tardes y los mucho gusto y el qué tal de viaje, me preguntó:

    – ¿Tú te vas o  te quedas?

    – Yo ni voy ni vengo, yo,  sin ton  ni son estoy, yo soy…    – le dije como cantando.

    – De la Loma del Ángel —afirmó  Lorenzo, y se le encendieron un montón de lucecitas por todo el cuerpo.

    – ¿Cómo tú lo sabes? — pregunté yo.

     – No sé, no sé, es que, digo, es un decir,  sentí un pálpito, un  aquel, no sé por qué pero lo sé… — murmuró Lorenzo. Y se le aguaban los ojos mientras  se quitaba y se ponía y se volvía a quitar el sombrerón, como disimulando (¿el miedo o la   emoción?).

     – ¿Y ahora  qué?    – volvió a preguntarme.

     – ¿Qué de qué?

      – ¿Te vas o te quedas?

     – Vuelvo a la Loma del Ángel – dije yo.

     – ¡Ah, cuando llegues, búscame!    – exclamó Lorenzo y empezó a sonarle un montón de campanillas desde  la cabeza a los pies.

      – Eh, pero eso no es fácil, me confundiré… allí hay más viejos que personas… allá en La Loma casi todos son  viejecitos como tú… entonces ¿cómo voy a reconocerte, eh?

      – Ah, verás, soy el  que tiene  puesta una gorrita  azul, de pelotero    – ¡Búscame en La Loma del Ángel! — dijo.

                         **********

De regreso, estuve averiguando entre los varones  con  terceras, cuartas y hasta quintas edades  (es decir, casi toda  la población de La Loma).

     Y, efectivamente,  encontré alrededor de mil  viejitos de nombre Lorenzo (claro, a algunos les decían  Loren, Lorencito, Lolo). Todos usaban gorritas, pero tan desbaratadas y descoloridas, tan rotas, sucias y despellejadas que me resultaba imposible adivinar el color que tuvieron; ni siquiera imaginar si habían sido gorras de pelotero, de ferroviario, de policía o de aviador.

    Entonces fui hasta el malecón y me senté en el muro a escribirle un mensaje a Lorenzo:

    TE BUSQUÉ Y NO HE PODIDO ENCONTRARTE. ¿DÓNDE ESTÁS AHORA?

    Respuesta de Lorenzo:  

    NO SÉ, SI NO ESTOY ALLÁ TAMPOCO ESTOY AQUÍ.

                                   ************

Me quedé contemplando cómo el sol se hundía en el agua y pintaba el aire con colores de oro. Repentinamente cayó la noche y apareció una lucecita atravesando el cielo… ¿Será un sputnik o una nave alienígena?, me pregunté. Pero era una estrella; pensé que sería una fugaz, que estaba cayéndose, que desaparecería… sin embargo, aquella cosa rutilante se paró en La Loma del Ángel.

   Rápidamente me bajé del muro y subí corriendo como loco. Cuando llegué arriba, las puertas de la iglesia estaban abiertas de par en par.

   Entré y vi que en ese momento bautizaban a un niño con pantalones bombaches; él se inclinaba para recibir el agua bendita. Entonces, se acercó la madre y    – aunque el niño tenía la cabeza mojada- le puso una gorrita azul de pelotero (que parecía nueva) y tomándolo de la mano, salieron.

    Yo  me acerqué a la pila bautismal y pregunté:

     – ¿Padre, qué nombre le pusieron a ese niño, el de la gorrita?

     – Lorenzo — contestó el cura.

En el siguiente mensaje a mi amigo, el texto decía:

    YES. TE ENCONTRÉ EN LA LOMA DEL ÁNGEL.

    Respuesta de Lorenzo:

    AL FIN. GRACIAS, MY FRIEND.

Ivette Vian Altarriba. Narradora, poeta, periodista y guionista de televisión. Licenciada en Historia del Arte en la Universidad de La Habana. Natural de la ciudad de Santiago de Cuba. Creadora del popular espacio infantil de televisión cubana La Sombrilla Amarilla. Autora de una reconocida obra para niños.

Tiene en su haber la publicación de:

  Como te iba diciendo, La Habana: Universidad de la Habana, 1977, Premio 13 de marzo, 1977.

    Mi amigo Muk Kum, La Habana: Editorial Gente Nueva, 1989, Premio La Rosa Blanca 1989.

     La Marcolina, La Habana: Editorial Gente Nueva, 1987, Premio La Edad de Oro 1985.

    El telescopio de David, La Habana: Editorial Gente Nueva, 1989.

    Siete cuentinos, La Habana: Editorial Gente Nueva, 1992.

    Pinar del Río, Publicitur, 1994.

    Coco Pascua, La Habana: Editorial Gente Nueva, 1997.

    Casa en las nubes, La Habana: Ediciones Unión, 1998, Premio La Rosa Blanca 1999.

    Del abanico al zunzún, La Habana: Gente Nueva, 2001, Premio La Rosa Blanca 2001.

    Cartas a Carmina, La Habana: Editorial Gente Nueva, 2003.

    Una vieja redonda, La Habana: Ediciones Unión, 2005, Premio de la crítica literaria 2005.

    La Sombrilla Amarilla, La Habana: Editorial Gente Nueva, 2005.

    El Gato Tato, La Habana: Editorial Gente Nueva, 2005.

    La felicidad y Jardín, La Habana: Editorial Gente Nueva, 2007.

    El Cocinaito, La Habana: Ediciones Unión, 2008.

    Mis cuentos de caballos, La Habana: Editorial Gente Nueva, 2009.

    El desayuno de Paulino, Caracas: Monte Ávila; La Habana: Editorial Gente Nueva, 2011.

    Todos mis cuentos, La Habana: Editorial Gente Nueva, 2012.

    Los perros de mi vida, La Habana: Editorial Gente Nueva, 2013.

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