Una Isla en el cosmos: sus últimos relatos.

Una lectura del libro “Los últimos relatos”

Por la Dra. Ivette de los Ángeles Fuentes de la Paz.

Un espacio se vuelve imagen cuando en su nombramiento va ligada una emoción. Ya no será nunca el mismo espacio vivido cuando su remembranza va tamizada por esa emoción que se torna, como sentimiento estético, expresión sensiblemente significante, que le sella como único. Es así como la remembranza del espacio-Isla siempre comporta una motivación latente como el corazón de quien la convoca.

Ahora es esta Isla, Cuba, asida al cosmos en su indistinción, sujeto omnisciente casi adivinado, la que aparece en versos del poeta –también narrador, músico, compositor, profesor y productor- Reynaldo Fernández Pavón, para desde una distancia que se vuelve parte de una historia personal, hacerse cosmogonía. En Los últimos relatos (Eniola Publishing, 2020, edición bilingüe, prólogo de Enrique Patterson), se vuelve a diseñar al compás de imágenes sacadas del recuerdo, un espacio configurado que crece al unísono que la lectura.

El tópico del paisaje natural es asunto consustancial a la poesía cubana, en lo que el investigador y poeta cubano Virgilio López Lemus llamara “el canto a la naturaleza cubana”, que no es más que el establecimiento de una simpatía para trasladar, en una metáfora, la cualidad natural de la poesía. Si bien aquellas primeras descripciones -así como fuera para algunos investigadores la imagen que presentara el Almirante Cristóbal Colón de las Antillas- resultan edénicas, sientan una base de apoyo para la imbricación de geografía y espiritualidad, conjunción que integra con firmeza lo físico con lo espiritual para ofrecer la cualidad de una physis cubana en la poesía, que será el habitáculo perfecto para aquellos “estados de alma” pronunciados por Cintio Vitier sobre el carácter de nuestra lírica. El gran escritor José Lezama Lima acuñaba esta simbiosis de espíritu y naturaleza en su prólogo a la Antología de la poesía cubana (1965) cuando decía que, desde los albores de nuestra historia, y así la historia de la poesía, “la imaginación y la realidad se entrelazan”, para borrar “los confines entre la fabulación y lo inmediato”. El desdibujo entre esa fabulación e inmediatez de lo descrito, es decir, la indistinción entre sujeto físico e imagen, es lo que fija el terreno para un concepto de insularidad que luego de tantas maneras situarían su punto focal como mito.

Esta mirada a la naturaleza cubana de la que parte la idea de la insularidad, se emparienta con aquella visión maravillada del Almirante -así como fuera la de José Martí, entre otros visores- concebida como entretejido entre la imaginación y la realidad, urdimbre que, enriquecida por la imagen poética, será índice de notoriedad y esplendor de una naturaleza cuya utopía supera su cualidad mítica para ser una verdadera ontología que traduce una hermenéutica propia. La imbricación de la naturaleza cubana, prevista desde los cimientos de la historia de la Isla de un modo poético al participar en ella -ya hemos dicho- el elemento amplificador de la imagen aprehendida, es un referente que participa también en la determinación de la insularidad y las expresiones literarias referidas a ella.

Nos asombra y llena de regocijo ver cómo el linaje de esta physis sublimada por la metáfora poética, se ensancha y toma nuevos matices llenos de modernidad –semántica propia, terminología de audaces vuelos siempre ligada a la naturaleza volatizada en espíritu- y a la vez plena de elementos culturales y de enlaces con una tradición épica, en el libro que Fernández Pavón nos regala, y que en saltos que sortean temporalidades, se acerca a aquellas voces de Manuel de Zequeira y Arango, Manuel Justo de Rubalcava, Ramón de Palma, José María Heredia, hasta los también románticos Juan Clemente Zenea y Luisa Pérez de Zambrana, en donde el paisaje se fusionó al alma que resuena. Sin embargo, queremos situar el punto de esta espléndida parábola -que, por supuesto, en su movimiento expande y convierte la visión del mito-Isla en formas expresivas estéticamente diversas- en el tan olvidado Cuba: poema mitológico (1854) de Joaquín Lorenzo Luaces, que aunque vía de expresión “fantasiosa” –al criterio del autor- en el mito y la parodia épica, bucea en los márgenes insulares para buscar un ser nacional más allá de cualquier esteticismo que caracterizara su verso, asunto, por demás, que en una u otra forma, aparece enlazado a la visión mítica de la Isla y a la descripción y representación de los valores insulares, y que en la obra de Fernández Pavón alcanza especial lustre.

Esta particularidad de construcción memoriosa de una nueva “arquitectura espiritual” –al decir de Juan Ramón Jiménez- a partir de un “estado de alma” que eleva los recuerdos, hechos, valoraciones, concepción de una Isla incorporada a la imaginería del poeta, se sustenta en la intención de develar una propia cosmogonía que si bien no se concibe con la particular fantasía épica de Luaces, sí se comparte en ese calidoscopio que de igual modo fantasioso y preso de tantos sentimientos agolpados, se dan como últimos relatos de una Isla recompuesta y recreada, escapada de una fijeza que la impulsa a impregnarse de tantísima universalidad.

Para Fernández Pavón, el diseño de su remembranza delinea un nuevo cancionero apoyado en un epos que le regala la historia. Así se van dando los pasos que han de caminar la epopeya: “Cantares”, “Iluminaciones”, “El verso continuo”, “El retorno del ocaso”, y “Versos de la siega”, recuerdan paso tras paso el mismo camino ya transitado y ahora evocado como poiesis.

Los últimos relatos
Los últimos relatos

La primera invocación es el proemio de un largo viaje: “Revela los cantares de tu origen. / Háblales en lenguas, / cuéntales de la ola de secuestros / y muéstrales las huellas del tráfico incesante; […]”. La epopeya iniciada con el germen del viaje continúa en huellas que se vuelven palabras: “Un día sin avisos, / escribieron el mensaje color ámbar /— como los presagios—, / lo lanzaron a la mar y la corriente lo llevó / (a la orilla planetaria, /donde se había recibido el don de las visiones / y de una oleada, arremetió contra los hechos del devenir”. Es entonces que nos percatamos –como aquel legendario Altazor huidobriano- que la historia del hombre se ha conjuntado con sus palabras, y que la tierra soñada, evocada, es el nuevo paradigma en que se convierte el dolor de los que extrañan:

 

Cuentan, los que lo vieron, que las palabras, al estallar,

se tornaron paradigmas

y tu dolor se transformó en la música de las almas,

para dar a luz al espíritu de la dualidad,

allende las rebeliones de los cielos,

[…]

Las cosmogonías, que comienzan con la luz, se abren cuando sus compuertas las invocan, sin miedo, a iluminar las tinieblas, “-Nos hemos adaptado a las tinieblas porque de ellas es la luz…”-dice el poeta- y así intenta apresar las palabras, hechas utopías, para recomponer su Isla en el nuevo mito que otorga la memoria:

Los relatos han concluido,

las utopías viajan a la deriva.

Habremos de presenciar el final de esta era

en la luz que no vemos

En este nuevo poema-mitológico, se advierten señas discontinuas de esas utopías que en palabras viaja “a la deriva”, por eso no sorprende que en “Iluminaciones”, sepa el creador fundir el alma de las cosas para trazar el “mapa de la transfiguración”, su anima mundi. Para ello, “Hay que amanecerse, / beber café con sol mientras el mundo despierta.”, requisito dispuesto para que el “viaje a la inmortalidad (continúe)”. Aferrado a las imágenes y a las circunvalaciones de los términos, en este viaje al nuevo sol reinventado, “el verso continúa” testimoniando la vida pasada que se arma en el kosmos luego de desligarse en antiguo caos ya imantado. El nuevo mundo, el mundo-música pitagoriano cuyos acordes sentimos en esta epopeya, particulariza sus tonos –sus palabras- para hacernos llevadera la entrada, conocida la aritmética de un orden figurado:

Mis ojos han visto

la luz de la armonía bitonal,

los tonos dorados del otoño,

el arlequín que se ríe de sí mismo

y las torres donde se inició este sistema,

y han regresado al sitio

donde el laúd, los tambores y las claves,

se acuestan para seguir contando historias;

mientras, un verso convertido en costumbre,

me pregunta:

—¿Dónde se confundieron los caminos?

Y en medio del añorado tono justo, agrede disonante el ritmo pretérito que aún confunde:

Esgrimiendo consignas de todos los designios

anunciaron el fin de la prehistoria.

El encarnado se tornó en creencia.

Hubo que mostrar fidelidad a sus revelaciones.

Castrándose, castrando.

Sometidos, sometiendo.

Repetidos, repitiendo.

Desplazados, aplaudiendo.

            Debemos insistir en un concepto que con fuerza destaca en estos relatos –bien exacta tal definición de estos poemas-fabulados- y es aquel tan sensorial de San Agustín cuando hablaba del “lago de la memoria” que es el mismo que el sufismo contempla como “almacén de la memoria” y que marca un cronotopo en la fusión de una idea temporal como lugar, y que ha sido tan bien fijada por la poética del espacio –estudiada con prolijidad por el filósofo francés Gaston Bachelard- y que reencontramos como sustrato en este poemario. La imaginación que configura esta realidad como “otra”, la del poeta, es lo que sitúa la mirada ajena en un punto superior a la realidad física como polo elevado de una metáfora que se moverá a un rango de sugerencia aún mayor desde ese plano fijado en una suprarrealidad, el único que posibilitará el aviso poético de lo descrito. La alteridad que ofrece el espacio, desconocido por ajeno a la realidad inmediata, obliga a una voluntad de imaginación que va más allá del mero proceso de descripción realista, en esa matización fabulada de una historia que fija un nuevo espacio como mito. Sobre tal complejidad de visión, el importante investigador Paul Zamthor aporta un término que nos parece interesante al utilizar “extraneidad”, vocablo que etimológicamente proviene de “estranges” -que en francés antiguo significa “exterior”-, lo que crea un ámbito “extraño” a la vez que subyugante e imperioso de apropiación.

Es precisamente ese esfuerzo por penetrar la “extraneidad” y acercarla a los valores conocidos, es decir, reinterpretarla, lo que sitúa una base de sugerencia y metáfora tan cercana a la poesía, en el mismo espacio de génesis de nuestra historia, una historia que se nos comunica y comuniza en la mirada que la envuelve como fábula. Esta visión testimonial entroncada con la Historia y la cultura -en la que insistiría José Lezama Lima al definir su idea de la “expresión americana” junto a la idea preclara de la “imagen histórica”-, es donde el historiador Max Henríquez Ureña sitúa “el inicio de la creación literaria relacionada con la Isla”.

Es pues que nos tropezamos en este mito reinventado de una Isla, una recuperada génesis que, preñada de visitaciones a tiempos y espacios dispersos por la Historia de la Humanidad, renace como Isla-mito en los relatos de su epopeya. La distancia necesaria a la reinterpretación, incorporados tanto los elementos reales, los fantasiosos, los imaginados, así como los asidos a reelaboraciones de ancestrales mitos y reseñas históricas, es la “mágica distancia” (nos diría esa profeta amiga, la poeta y pintora Cleva Solís) para conformar la “geografía del pacto en la memoria”, desde la cual, reunidos bajo el fuego de la llama, el primer hogar, surge la protohistoria. Así nos dice el autor en sus “Versos de la siega”: “Nacidos de un proto pueblo / las visiones danzan el adagio de lo ignoto, / imágenes que dan paso a toda forma”. Y, como en toda epopeya, más allá del tiempo inmediato, de las palabras que hoy recuerdan, aparece el balbuceo de lo que fuera el caos de una memoria en cada murmullo que se escapa de los tiempos. Para el final de los relatos, será que “Una corona cruza las fronteras. / Se escucha el trotar de sus jinetes/ como antes de estos tiempos.”

El paladeo con que el poeta Reynaldo Fernández Pavón cruza con fiereza la memoria, nos inspira. Los límites del mundo se ensanchan porque no estamos en presencia de un relato lineal, sino de aquel que interpreta las tangencias abruptas y sorpresivas del tiempo. La Isla no es solamente voz insular, sino espacio hechizado que pertenece a todos, regalado a todos por un contemporáneo que por breve instante se ha situado fuera del eje que hace girar la “extraneidad” de los mundos. Y es esa extrañeza que surge de su intención demiúrgica, la que nos atrapa y enreda, porque en el fondo, quisiéramos entrar en esta Isla-otra que se ha arraigado al universo como el verso de un poema-mitológico.

Y estaría bien que nunca se perdiera el ímpetu de la honda que ensancha un margen que nos alcanza, porque en algún recodo de sus aguas quedamos, protegidos y hermanados, pensando que juntos estaremos alguna vez, sentados junto al fuego, soñando el mismo sueño, escuchando sus últimos relatos.

Ivette de los Ángeles Fuentes de la Paz.

Doctora en Ciencias Filológicas (1993) Universidad de La Habana y Doctora en Literatura, (2018) Universidad de Salamanca. Labora actualmente como investigadora titular en el Instituto de Literatura y Lingüística “José Antonio Portuondo”, en La Habana. Directora del Centro de Estudios Arquidiocesano de La Habana (CEAH) y de su revista Vivarium.

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La Cuba del pasado, un tema inevitable.

Por Reynaldo Fernández Pavón

Muchas personas me han solicitado datos que les permitan comparar la Cuba de antes de 1959 y después de instaurado el sistema socialista en 1961. Publicamos a continuación algunos datos que pueden ayudar a establecer esta comparación y el análisis.

Cuba fue la primera nación de la América hispana que utilizó máquinas y barcos de vapor en 1829 y fue la primera nación y la tercera en el mundo (después   de Inglaterra y E.U.) que tuvo ferrocarril en 1837.

En el siglo XIX La Isla Mayor de las Antillas se convirtió en el primer productor y exportador mundial de azúcar y de sus derivados, Europa y los Estados Unidos eran los mercados principales, los niveles de producción se sostuvieron hasta la década del 50 del siglo XX, había gran demanda de azúcar, y Cuba podía surtirla.

Fue un cubano el primero en aplicar anestesia con éter en Iberoamérica en 1847.

La primera demostración mundial de una industria movida por electricidad fue efectuada en la Habana en 1877.

En 1881, el médico cubano Carlos J. Finlay descubrió el agente transmisor de la fiebre amarilla que diezmaba a la población de la época e indicó su prevención y tratamiento.

El primer sistema de alumbrado eléctrico público de toda Iberoamérica (incluyendo a España) se instaló en Cuba en 1889.

Entre 1825 y 1897 España recibía de Cuba entre el 60 y el 75 por ciento de todos los ingresos brutos del exterior.

En Cuba fueron abolidas las corridas de toros antes de terminar el siglo XVIII, por ser “impopulares, abusivas y sanguinarias con los animales”.

La extraordinaria voz de la soprano cubana Rosalía (Chalía) Herrera, famosa en la ópera, fue una de las primeras en el género lírico que se grabaron en cilindros y placas de discos.

El primer tranvía en Latinoamérica circuló en la Habana en 1900 y en ese mismo año, antes que en ningún otro país de Latinoamérica llegó a La Habana el primer automóvil.

El esgrimista cubano Ramón Fonts fue el primer deportista latinoamericano en obtener una medalla de oro olímpica En 1900.

La primera ciudad del mundo en tener telefonía con discado directo (sin necesidad de operadora) fue La Habana en 1906 y en 1907 se estrenó en La Habana el primer departamento de rayos X de Iberoamérica.

El 19 de mayo de 1913, en el aniversario de la muerte de José Martí se realizó el primer vuelo latinoamericano por los cubanos Agustín Parlá y Domingo Rosillo, el cual duró 2 horas y 40 minutos entre Cuba y Cayo Hueso.

En 1915 se acuña el primer peso cubano con un valor desde el primer día idéntico al del dólar, y en ocasiones, hasta 1959, sobrepasó el valor del dólar norteamericano.

Cuba fue el primer país de Latinoamérica en conceder el divorcio a parejas en conflicto en 1918, al promulgar esa ley.

El primer iberoamericano en ganar un Campeonato Mundial de Ajedrez fue el cubano José Raúl Capablanca, siendo a su vez el primer campeón mundial de ajedrez nacido en una nación del Tercer Mundo. Capablanca mantuvo el cetro de Campeón Mundial entre 1921 y 1927.

En 1922, Cuba se convirtió en la segunda nación del mundo en inaugurar una emisora de radio, la PWX, la primera nación en radiar un concierto de música y en crear un noticiero radial. La primera locutora del mundo fue una cubana: Esther Perea de la Torre. En 1928 Cuba contaba con 61 emisoras de radio, 43 de ellas en la Habana, ocupando el cuarto lugar del mundo, superada por Estados Unidos de América, Canadá y la Unión Soviética.  Cuba llegó a ocupar el primer lugar del mundo en número de emisoras por número de habitantes y extensión territorial.

Cuba se convierte en la mayor exportadora en Iberoamérica de Libretos y grabaciones de programas radiales en 1935 y el cubano Félix B. Caignet crea el género de Novela y series radiales.

Cuba decreta por primera vez en Iberoamérica la Ley de Jornada Laboral de 8 horas, el Salario Mínimo y la Autonomía Universitaria en 1937.

En 1940, Cuba es el primer país de Iberoamérica en tener un presidente de color, electo por sufragio universal y por mayoría absoluta.  En esto se adelantó 68 años a los Estados Unidos y en el mismo año, Cuba aprobó la más avanzada constitución de la época.

Fue el primer país de Ibero América en reconocer el voto a las mujeres, la igualdad de derechos entre sexos y razas, y el derecho de la mujer al trabajo. El primer movimiento feminista de Iberoamérica apareció a fines de los treinta en Cuba. Se adelantó 36 años a España la cual no le reconoció a la mujer española el derecho al voto, la potestad de sus hijos, ni derecho a tener un pasaporte o abrir una cuenta de banco si no era autorizada por su marido, hasta 1976.

En 1942, el cubano Ernesto Lecuona se convierte en el primer Iberoamericano Director Musical de una productora cinematográfica mundial y fue el primer latinoamericano que recibió una nominación al Premio OSCAR.

La primera mujer iberoamericana que cantó en La Scala de Milán fue la cubana Zoila Gálvez en 1946, la segunda fue Marta Pérez en 1950.

Cuba fue el segundo país del mundo que emitió formalmente un programa de televisión. Desde 1950 los artistas de mayor fama internacional viajaron a La Habana a actuar ante las cámaras de televisión. En 1951, un cubano se convierte en el Productor más célebre de la televisión norteamericana: Desi Arnaz, siendo el primero en el mundo en usar una tercera cámara en programas televisivos.

En 1951 se construyó en La Habana el primer hotel del mundo con Aire Acondicionado Central: El Hotel Riviera, y en 1952, se construye el primer edificio de apartamentos del mundo con hormigón: El edificio Focsa.

Durante los años 1954-1955, Cuba poseía una vaca por cada habitante y ocupaba el tercer lugar en Iberoamérica -tras Argentina y Uruguay- en el consumo de carne per cápita y es el segundo país de Iberoamérica con menor mortalidad infantil. (33.4 por cada mil nacidos vivos).

La ONU reconoce a Cuba como el segundo país con los más bajos índices de analfabetismo en 1956, (23.6%). Haití tenía el 90%, España, el Salvador, Bolivia, Venezuela, Brasil, Perú, Guatemala y República Dominicana el 50% y en 1957 la ONU reconoce a Cuba como el país de Ibero América con mejor índice de médicos per cápita (1 por cada 957 habitantes), con el mayor porcentaje de viviendas electrificadas (82.9%) y viviendas con baño propio (79.9%) y el segundo país -detrás de Uruguay- en el consumo de calorías per cápita diario: (2,870). En este propio año La Habana se convierte en la segunda ciudad del mundo en tener cine de tercera dimensión y multipantallas (El cine Radiocentro). En 1959, la Habana era la ciudad del mundo con el mayor número de salas de cine: 358, superando a Nueva York y París, que ocupaban el segundo y tercer lugar respectivamente.

Cuba es el segundo país del mundo en difundir programas de televisión a color y es el país de Iberoamérica con mayor número de autos circulando (160,000, uno por cada 38 habitantes) y con más kilómetros de líneas férreas por Km2 en 1958 y es el país que más electrodomésticos poseía y el segundo país en el número total de receptores de radio per cápita entre las naciones de la América Latina.

En la década del cincuenta, Cuba ocupó el segundo y tercer lugar en ingresos per cápita de Iberoamérica, superando a Italia y a España. A pesar de ser un país pequeño y que sólo tenía 6.5 millones de habitantes ocupaba en 1958 la posición 29 entre las economías del mundo y la balanza de pago estaba a favor de La Isla con respecto a naciones como Inglaterra y los Estados Unidos de América.

Por estas y otras realidades históricas, la primera consigna económica de la Revolución en 1959 versaba:

“Consumir Productos Cubanos es hacer Revolución…”

 

 

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La poesía como experiencia humana

Por  Enrique Patterson

En “Los Últimos Relatos” el poeta, novelista, dramaturgo y compositor Reynaldo Fernández Pavón nos entrega una obra que creo, culmina un largo desarrollo tanto de su concepción de la poesía como de la experiencia humana vista en dimensión cósmica e histórica.

Los últimos relatos
Los últimos relatos

En la buena poesía escrita en El Caribe,  el condicionante de la insularidad, a menudo conduce al regodeo del espacio limitado que es todo paisaje, como de la específica experiencia íntima o social que propician las islas. Sin embargo, es también en El Caribe donde a veces aparecen esos grandes chispazos poéticos que lanzan la poesía hacia el más allá de los temas propicios de su condición geográfica o política, para conducirla hacia visiones cósmicas; intentos poéticos de trascender la dimensión limitada de una experiencia que la cartografía o la historia condicionan. Pienso en Saint J. Perse, Gastón Baquero, José Lezama Lima, Aimé Césaire. Es en esa vertiente en la que ubicaría a “Los Últimos Relatos”.

             El poeta no abandona sus temas anteriores; a saber: la relación del individuo y la historia, las migraciones marítimas forzosas que en la poesía cubana son casi un leiv motif en los poetas afrodescendientes y -dada la experiencia histórica posterior- en la poesía en general; así como el amor en tanto que experiencia salvadora o agónica. Lo novedoso en el poemario es la ausencia de una particular locación geográfica o histórica para proponernos una historia o experiencia otra, la del cosmos, donde la historia humana no es más que la expresión y, acaso, un pequeño capítulo de una gran teodicea.

            No cabe dudas de que, con este libro, el poeta se propone llevar la poesía a sus orígenes, donde se confundían el poeta y el profeta, el historiador y el fabulista, el poema cosmológico con el texto sagrado, la mitología con la ontología.

            El dialogo no es con nosotros, es con esa entidad que el poeta ve solo desde los lentes de su poética y que le permite brindarnos “Los Últimos Relatos”, de una era que, al parecer termina. Pero este recorrido cósmico, se presenta como también estilístico, aunando así el tono solemne de los antiguos poemas épico-cosmológicos, la exaltación del romanticismo, la profundidad de la poesía ético-filosófica, el conceptualismo del barroco y la percepción de los simbolistas, en el marco de la poesía conversacional.

            Todo el poema es una conversación con un ser otro donde el poeta se presenta como receptor de un saber-otro que, por haberlo alcanzado, le permite cerrar la experiencia de una historia del hombre y el mundo.  “Los Últimos Relatos” ubican al poeta también en un más allá, donde habitan los dioses de la alta poesía.

            Enrique Patterson, se graduó de Licenciatura en Lenguas y Literatura en 1977, especializado en Estudios Cubanos y en Historia del Pensamiento Filosófico, ejerció como Profesor de Historia de la Filosofía en la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de la Habana. El profesor Patterson es un reconocido ensayista y crítico literario.

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La Soledad Histórica y otros ensayos – ¡Pronto!

La Soledad Histórica y otros ensayos

 

Eniola Publishing propone a los lectores un libro que trata de temas fundacionales, “La Soledad Histórica y otros ensayos” del profesor Enrique Patterson.  Una obra audaz, conversado en voz alta, a contracorriente de la historiografía republicana primero, y la castrista después.

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Regocijo del criterio por Manuel Gayol Mecías

Uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído.

Jorge Luis Borges

Solo se puede leer para iluminarse a uno mismo: no es posible encender la vela que ilumine a nadie más.

Harold Bloom: Cómo leer y por qué

La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.
Mario Vargas Llosa: Elogio de la lectura y la ficción

La crítica es el ejercicio del criterio: destruye los ídolos falsos, pero conserva en todo su fulgor a los dioses verdaderos.

José Martí

    Una verdad lapidaria es esa que Jorge Luis Borges nos enseña en relación con la lectura, y es que esta es formativa (aunque también deformante). En su caso específico, queda claro que sin la lectura no se puede escribir y, mucho menos, andar en la vida. Pero debemos saber lo que leemos y, al mismo tiempo, necesitamos saber cómo andamos por este mundo tan complejo, en el que, cada vez, se necesita conocer más, pensar mejor y ampliar la cosmovisión cultural. Y es que no solo necesitamos la información periodística, sino además la información profesional de los libros y la sensibilidad auténtica del pensamiento, en todas las disciplinas, así como del arte y la literatura.
En efecto, se trata de caminar bien, leer bien para escribir bien, porque si no, nos vamos hacia un despeñadero, al que nos conduce un pésimo tipo de lectura. Aun cuando alguien esté alejado de la creación literaria, leer bien (es decir, entrar en las inquietudes gráficas de los valores) es el sendero hacia una cultura que nos provoque el ánimo de que siempre vamos a encontrar algo nuevo.
Por ello, para evitar la “deformación”, cuando leemos lo hacemos de una manera muy individual; lo que nos hace estar en el mundo, pero al mismo tiempo vamos siendo diferentes. Y esto es muy importante, porque la diferencia es parte de la creatividad de cada uno, es el hecho de hacernos creativos debido, en parte, a que en realidad debemos sentirnos distintos, para en realidad estar unidos como seres pensantes.
De aquí que Harold Bloom nos haga saber, por su parte, como si fuera una primera ley de la literatura, que leer es una de las formas de reafirmarse (reconsiderarse uno mismo) como ser humano. Solo podemos hacer que otro encienda su cirio cuando escribimos, para que entonces ese alguien pueda encender su vela con su propia lectura de lo que le decimos.
Asimismo, cuando leemos, debemos estar conscientes de qué cosa leemos, por qué y para qué leemos (evitando el riesgo de la “deformación”). Así proyectamos nuestra interpretación escrita como una nueva lectura en busca de un lector.
Es entonces cuando Vargas Llosa nos previene de que la buena literatura no solo es aquella que crea una gran fraternidad entre la diversidad humana, sino la que nos saca de… o, al menos, nos hace reconocer “la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez”. Y esto es lo que he tratado en este libro, de crear un corpus de diez interpretaciones dramativas, de dramas disímiles en géneros, temas y estilos que puedan inducir al lector no solo a buscar las obras presentadas por su alta calidad formal, sino también por sus importantes contenidos: nuevos y esenciales en sus problemáticas de lo contemporáneamente cubano; es decir, mi intento por sacar a la luz las visiones de diez creadores cubanos (por orden alfabético de nombres: Amanda Rosa Pérez Morales, Amir Valle, Armando Añel, Carmen Alea Paz, Guillermo Vidal, Ivette Fuentes de la Paz, José Latour, Julio Benítez y Reynaldo Fernández Pavón) que se basan en valores universales para mantener viva la llama de lo que ha sido la realidad de la Isla en estos 61 años de “Revolución” (y de, hecho, salir de la “ignorancia”, las “ideologías” y la “estupidez”).

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En otro sentido, estas razones asimismo intentan el entusiasmo por la difusión de una narrativa y una pieza teatral de profundas ideas, haciendo que por la calidad de estas obras analizadas se justifique sobradamente la complicidad con los autores. Una conspiración invisible con la audacia de apostar por unos textos que nos permitan el regocijo del criterio; en otras palabras, un juicio gustoso, iluminado por diversos valores universales.
Aquí la complicidad viene a ser entre el crítico y el autor analizado; es la trama que ha propuesto ese escritor para que no solo sea leída, a su manera, con simpleza, sino además para que exista ese otro alguien —en este caso el crítico— haciendo su papel de lector experimentado que resalte los méritos que encontró en esa obra dada, y así sirva de acicate para que otros lectores la busquen. Ello es, de alguna manera, el estímulo al que aspira todo creador, y a lo que asimismo este crítico cómplice contribuye y, de hecho, encuentra el goce, la sensibilidad y la inteligencia.
Pero al mismo tiempo esa complicidad —entre el analista o el intérprete crítico y el narrador— necesita de manera imprescindible de ese tercer participante que eres tú, amigo lector, como lado último que cierra el triángulo (creativo) del enriquecimiento.
Debido a ello, el crítico es un intermediario, una especie de comunicador privilegiado, que dice su opinión, como un resplandor que intenta propiciar la lectura, aun cuando el lector sagaz no tenga, en mucho o en nada, que sucumbir ante los criterios a la hora de recurrir a su propia lectura de la obra.
Siempre que el crítico logre llamar tu atención y llevarte a la consulta directa del texto en cuestión, ya cumple así con su misión, en este caso, de garantía, de crédito, de apoyo. Fábulas, historias y anécdotas que te descubrirán nuevas relaciones con el mundo físico y el mundo de los sueños. Es ese afán de comparar y hurgar en lo que otros escriben; de decir además que, entre tantas cosas, la vida está también hecha de críticas eminentemente felices.

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De modo que el hecho de valorar, de establecer criterios, viene a ser, entre tantas cosas, un sentimiento de regocijo, porque coinciden en mí el análisis lógico, el intuitivo y el gusto. Y es que el acto con que se manifiesta la alegría de concebir el criterio es el hecho de leer algo, pensarlo, comprenderlo y escribir las ideas que provienen de lo leído.
Tanto el acto del análisis racional como el intuitivo me permiten llegar a una segunda y más profunda realidad, al menos desde mi perspectiva individual; y sentirme de esa manera partícipe de la creación leída. Develar un mundo otro en el que yo siento mi contribución, como camino de acercamiento, a esa realidad original que presenta un autor. Y aun cuando el criterio sobre algo puede ser infinito o, incluso, limitado, el aporte podría constituirse en sustancial para otro lector. Y es esa esperanza también (desarrollada en el análisis y en la opinión), de abrir una nueva vertiente de comprensión, lo que termina creando el sentimiento de regocijo en el crítico.
En este caso, diez creadores, diez maneras de buscar acercarnos a la realidad cubana, es lo que espero pueda constituirse asimismo en una llamada —aunque breve— de atención sobre algunos nuevos escritores y nuevos temas de la literatura y el teatro cubanos contemporáneos.

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Por último, quiero reconocer como verdad indiscutible, eso que expresó José Martí de que “la crítica es el ejercicio del criterio: destruye los ídolos falsos, pero conserva en todo su fulgor a los dioses verdaderos”. Crítica es, de hecho, pensamiento enfocado en la demostración de algo, mediante el análisis y la espontaneidad, de manera racional e intuitiva, una y otra, respectivamente; pero también es pensamiento pendular cuando se trata de un extremo armónico (que reconoce, pero asimismo rechaza) o su contrario, el antagónico, que busca la eliminación radical de los “ídolos falsos”.
Ambos tipos de conjuntos críticos: el armónico y el antagónico, por ser pensamientos que se refractan en un ángulo creativo, con su vórtice hacia un objetivo específico, necesitan de la experiencia de un ritmo intelectual: racionalidad consciente, lógica aguda, prueba convincente, o intuición automática proveniente de nuestra propia génesis; salto de gigante remoto que se sorprende a sí mismo.
Por ende, el ejercicio es pensar, función repetitiva y silogística de creación y búsqueda, de encuentro y reconocimiento. En otras palabras, para un acercamiento más simple al igual que profundo, es con exactitud el “ejercicio del criterio”.
Es mi deseo en este volumen no el hecho de eliminar “dioses falsos” porque en este caso específico no los hay, sino el de disfrutar, hasta un nivel de alborozo y placer, del resplandor de nuevos escritores que, de diferentes maneras, iluminan el camino del drama cubano.

Manuel Gayol Mecías. Poeta, narrador, ensayista, crítico literario y periodista cubano.
Fue investigador en el Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas. Ha obtenido importantes premios literarios en Cuba y en EE.UU. Ha publicado numerosos libros, entre los que figuran La penumbra de Dios (ensayos), Ojos de Godo rojo (novela) y La noche del Gran Godo (cuentos). Miembro del Pen Club de Escritores Cubanos en el Exilio y de la Academia de Historia de Cuba en el Exilio, presidente de su filial de California. Asimismo, es vicepresidente de Vista Larga Foundation y dirige la revista Palabra Abierta y su editorial homónima.

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LORENZO O EL ÁNGEL DE LA LOMA

Yvette Vian Altarriba

A Lawrence García, el Charrito, en su 70 cumpleaños.

30 de Abril, 2013

La Habana

Había una vez un niño de nombre Lorenzo, que había nacido en la Loma del Ángel.  Lo vestían con pantalones ¨bombaches¨ (inflados y rizados en las rodillas). Cuando salía  a jugar, su mamá le advertía:

    – No te vayas lejos, mijito, juega donde yo te vea –y siempre le ponía una gorrita azul, de pelotero, para que no se confundiera con ningún otro Lorenzo.

   Pero un día el niño perdió su gorra (¿fue el viento marino, ese perverso se la voló?) 

   Buscándola  por el  barrio, sin darse cuenta Lorenzo  se metió en el laberinto de las calles, callejuelas  y callejones de adoquines, subiendo, bajando, doblando esquinas… hasta que  fue a parar tan lejos, tan lejos  que nunca pudo encontrar  su gorrita. Y  en eso, también  perdió el camino de regreso.

De manera que cuando me lo presentaron, Lorenzo era un viejito con pantalones bombaches y un sombrerón mexicano. Al cabo de las buenas tardes y los mucho gusto y el qué tal de viaje, me preguntó:

    – ¿Tú te vas o  te quedas?

    – Yo ni voy ni vengo, yo,  sin ton  ni son estoy, yo soy…    – le dije como cantando.

    – De la Loma del Ángel —afirmó  Lorenzo, y se le encendieron un montón de lucecitas por todo el cuerpo.

    – ¿Cómo tú lo sabes? — pregunté yo.

     – No sé, no sé, es que, digo, es un decir,  sentí un pálpito, un  aquel, no sé por qué pero lo sé… — murmuró Lorenzo. Y se le aguaban los ojos mientras  se quitaba y se ponía y se volvía a quitar el sombrerón, como disimulando (¿el miedo o la   emoción?).

     – ¿Y ahora  qué?    – volvió a preguntarme.

     – ¿Qué de qué?

      – ¿Te vas o te quedas?

     – Vuelvo a la Loma del Ángel – dije yo.

     – ¡Ah, cuando llegues, búscame!    – exclamó Lorenzo y empezó a sonarle un montón de campanillas desde  la cabeza a los pies.

      – Eh, pero eso no es fácil, me confundiré… allí hay más viejos que personas… allá en La Loma casi todos son  viejecitos como tú… entonces ¿cómo voy a reconocerte, eh?

      – Ah, verás, soy el  que tiene  puesta una gorrita  azul, de pelotero    – ¡Búscame en La Loma del Ángel! — dijo.

                         **********

De regreso, estuve averiguando entre los varones  con  terceras, cuartas y hasta quintas edades  (es decir, casi toda  la población de La Loma).

     Y, efectivamente,  encontré alrededor de mil  viejitos de nombre Lorenzo (claro, a algunos les decían  Loren, Lorencito, Lolo). Todos usaban gorritas, pero tan desbaratadas y descoloridas, tan rotas, sucias y despellejadas que me resultaba imposible adivinar el color que tuvieron; ni siquiera imaginar si habían sido gorras de pelotero, de ferroviario, de policía o de aviador.

    Entonces fui hasta el malecón y me senté en el muro a escribirle un mensaje a Lorenzo:

    TE BUSQUÉ Y NO HE PODIDO ENCONTRARTE. ¿DÓNDE ESTÁS AHORA?

    Respuesta de Lorenzo:  

    NO SÉ, SI NO ESTOY ALLÁ TAMPOCO ESTOY AQUÍ.

                                   ************

Me quedé contemplando cómo el sol se hundía en el agua y pintaba el aire con colores de oro. Repentinamente cayó la noche y apareció una lucecita atravesando el cielo… ¿Será un sputnik o una nave alienígena?, me pregunté. Pero era una estrella; pensé que sería una fugaz, que estaba cayéndose, que desaparecería… sin embargo, aquella cosa rutilante se paró en La Loma del Ángel.

   Rápidamente me bajé del muro y subí corriendo como loco. Cuando llegué arriba, las puertas de la iglesia estaban abiertas de par en par.

   Entré y vi que en ese momento bautizaban a un niño con pantalones bombaches; él se inclinaba para recibir el agua bendita. Entonces, se acercó la madre y    – aunque el niño tenía la cabeza mojada- le puso una gorrita azul de pelotero (que parecía nueva) y tomándolo de la mano, salieron.

    Yo  me acerqué a la pila bautismal y pregunté:

     – ¿Padre, qué nombre le pusieron a ese niño, el de la gorrita?

     – Lorenzo — contestó el cura.

En el siguiente mensaje a mi amigo, el texto decía:

    YES. TE ENCONTRÉ EN LA LOMA DEL ÁNGEL.

    Respuesta de Lorenzo:

    AL FIN. GRACIAS, MY FRIEND.

Ivette Vian Altarriba. Narradora, poeta, periodista y guionista de televisión. Licenciada en Historia del Arte en la Universidad de La Habana. Natural de la ciudad de Santiago de Cuba. Creadora del popular espacio infantil de televisión cubana La Sombrilla Amarilla. Autora de una reconocida obra para niños.

Tiene en su haber la publicación de:

  Como te iba diciendo, La Habana: Universidad de la Habana, 1977, Premio 13 de marzo, 1977.

    Mi amigo Muk Kum, La Habana: Editorial Gente Nueva, 1989, Premio La Rosa Blanca 1989.

     La Marcolina, La Habana: Editorial Gente Nueva, 1987, Premio La Edad de Oro 1985.

    El telescopio de David, La Habana: Editorial Gente Nueva, 1989.

    Siete cuentinos, La Habana: Editorial Gente Nueva, 1992.

    Pinar del Río, Publicitur, 1994.

    Coco Pascua, La Habana: Editorial Gente Nueva, 1997.

    Casa en las nubes, La Habana: Ediciones Unión, 1998, Premio La Rosa Blanca 1999.

    Del abanico al zunzún, La Habana: Gente Nueva, 2001, Premio La Rosa Blanca 2001.

    Cartas a Carmina, La Habana: Editorial Gente Nueva, 2003.

    Una vieja redonda, La Habana: Ediciones Unión, 2005, Premio de la crítica literaria 2005.

    La Sombrilla Amarilla, La Habana: Editorial Gente Nueva, 2005.

    El Gato Tato, La Habana: Editorial Gente Nueva, 2005.

    La felicidad y Jardín, La Habana: Editorial Gente Nueva, 2007.

    El Cocinaito, La Habana: Ediciones Unión, 2008.

    Mis cuentos de caballos, La Habana: Editorial Gente Nueva, 2009.

    El desayuno de Paulino, Caracas: Monte Ávila; La Habana: Editorial Gente Nueva, 2011.

    Todos mis cuentos, La Habana: Editorial Gente Nueva, 2012.

    Los perros de mi vida, La Habana: Editorial Gente Nueva, 2013.

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Apuntes sobre Los versos de la memoria

Por Ivette Vian

Escritura hecha con lo que sucede en el corazón. Son palabras- espejo que reflejan al poeta.

            Fernández Pavón ha ido por la vida y el mundo diciendo lo suyo. Él necesita sacarse lo que lleva dentro, lo que descubre en el pozo de su corazón. Cuando abre su camisa frente al espejo, ¿qué ve?  No ve nada: Reynaldo escucha. Al brocal de su pecho mestizo (fondo del pozo) él se asoma y escucha que le hablan de lejos.

            Ojos dormidos. Ojos enormes. Ese señor que mira a media asta, en verdad va escribiendo el testimonio de su reino.  La mirada de Reynaldo se extravía en el metro de New York: porque nadie sabe que es la mirada de sus ojos.

            Quizás nadie lo supo nunca.

            Va escribiendo en el aire. Ese hombre que se desplaza sentado va volando y vuelan las grullas que se le salen entre huracanes de humo; grullas coronadas que aletean fuerte, molestan a los viajeros. Esas alas tan largas son de África, ecos de luz. Finalmente, la poesía –pájaro eterno de la quimera- se posa sobre un hombro de Reynaldo, clava sus garras en el abrigo demasiado grueso del isleño que va sentado en el tren de hielo.

            Nadie llega a saber nunca la poesía que oculta el corazón del prójimo. La descubre sólo algún semidiós que llora; resultan pocos los semidioses, son jóvenes, aunque sean abuelos de muchos nietos. A veces, es el que espanta de su hombro a la grulla, para que la madre se le pueda recostar a dormir.

            El largo pico de la grulla atrapará el instante de inmortalidad, mientras el poeta nace, vive, muere, renace siempre.    

            Al mismo tiempo que escribe o canta –que aparecen sus palabras-   lo veo a él, tocando un piano como si todo flotara. Siempre es de noche. Siempre es en La Habana. Su poesía es su verdad: antes de ser estaba en su corazón. 

            Esta vez, renace en la voz –ronca, latente- de Fernández Pavón. Porque cuando iba sentado en el metro de New York, él cantaba en el malecón habanero. Esa es la verdad verdadera. (¿Uso romántico de la Razón Musical? ¿Renacimiento constante del emigrado? La poesía.)

             ¿Cómo un sinsonte cantando en la nieve? 

              ¿Va ese pajarito de la tibieza en el tren de hielo…?  Es el renacimiento del ocaso.

           ————————————————-

Yvette Vian Altarriba

Escritora, poeta, periodista y guionista de televisión, publicó una veintena de libros de narrativa infantil y creó numerosas series para televisión, entre las que destaca el popular espacio infantil de televisión La Sombrilla Amarilla.

Autora de una reconocida obra para niños, en que se entremezclan imaginación, gracia, humor y fantasía, a través de un discurso de raigal cubana. Ha creado igualmente, series para la televisión con gran arraigo para el público infantil.

Licenciada en Historia del Arte en la Universidad de La Habana.

Ha publicado los libros de narrativa para niños Como te iba diciendo (Universidad de la Habana, 1977), Premio 13 de marzo 1977; La Marcolina (Gente Nueva, 1987), Premio La Edad de Oro 1985; Mi Amigo Muk Kum (Gente Nueva, 1989), Premio La Rosa Blanca 1989; Casa en las Nubes (Unión, 1998), Premio La Rosa Blanca 1999; Del Abismo al zun zún (Gente Nueva, 2001), Premio La Rosa Blanca 2001; Una Vieja Redonda (Unión, 2005), Premio de la crítica literaria 2005; La Sombrilla Amarilla (Gente Nueva, 2005); La Felicidad y Jardín (Gente Nueva, 2007); Todos mis cuentos (, 2012).

Es autora también del poemario para adultos La Ley de la Verdad (Letras Cubanas, 1979), primera mención concurso 26 de julio, 1978 y primer premio concurso XX Aniversario de la Alfabetización, 1981, y de la guía turística Pinar del Río (Publicitur, 1994).

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1959. Cuba el ser diverso y la Isla imaginada

Presentan en Miami el libro 1959. Cuba el ser diverso y la Isla imaginada

del escritor Manuel Gayol Mecías

El hecho de ser cubano es una broma muy seria, incluso es un juego profundo de identidad. Desde hace muchos años, la “cubanidad” anda desperdigada por el mundo, afectando o favoreciendo a otros lares y, al mismo tiempo, enriqueciéndose, por la aculturación y la transculturación. Pero algo que refleja todo esto, y de lo que nunca se ha hablado, es la imagen que ha desprendido el cubano a lo largo de su historia, debido a su carga psicológico-imaginativa que muchas veces ha llevado al cubano a confundir la realidad concreta: su entorno, su sociedad, la política misma con una espejidad imaginativa, a veces de profunda negatividad humana.


La intuición
Para hablar de la imaginación hay que proyectar las ideas mediante la intuición. No creo que de otra manera pueda analizarse (aun el hecho de realizar indagaciones) el mundo imaginario que rodea la dimensión profundamente psicosociológica de las personas, más específicamente un ser tan sui generis como el cubano, por la hibridez de su genética, por su traumática historia de guerras, dictaduras y corrupciones y por su complejidad egotista (racional e irracional) que se imbrica en una relación de imaginación-realidad corpórea.
En este libro se intenta entonces a través de la intuición, como discurso catalizador, obtener la posibilidad de un acercamiento a ese mundo, en ocasiones misterioso y mágico, de este caribeño insular que es el isleñis cubichi.
Espejismo versus realidad corpórea
Una lectura continuada, de años, digamos, sobre una gran diversidad de temas cubanos, nos llevaría (al menos, pienso que a mí me llevó) a darnos cuenta de que el cubano es muy imaginativo y de rapidísima chispa, pero también —en un cercano sentido a su naturaleza— es contradictorio, paradójico, incluso, y deja de ser pragmático para deslizarse entre los oropeles políticos de una imaginación nada sustentada por una realidad corpórea. Y esto es un problema tan grave que nos llevó, en los inicios de 1959, a confundir promesas, ilusiones y medias verdades con una supuesta realidad que casi nada tenía que ver con el verdadero (y físico) entorno que se estaba llevando a cabo en la Isla. De aquí que mientras los discursos del “Máximo Líder” hablaban eufóricamente de hipotéticas terribles cosas que habían sucedido en el pasado e incluso durante la guerrita librada contra el ejército batistiano, y nos daba —promesa tras promesa— grandes proyectos de futuro, en la realidad física y contextual de toda la Isla se hacían, constantemente, juicios amañados, sin garantías, se apresaban personas arbitrariamente y se fusilaban a cientos de ellas, sin ningún tipo de miramientos. Es decir, los discursos, las promesas, los proyectos eran todo un conjunto de imágenes que iban poco a poco estructurando un Espejismo gigantesco, que después se vino a conformar con cinco primeros mitos que en mi libro alcanzan —a mi modo de ver— la categoría de fundacionales:

Los mitos
—El mito de Robin Hood
—La Isla de la Utopía
—El mito bíblico de David contra Goliat
—La Isla bloqueada por el Imperio
—El mito del Invencible Comandante en Jefe

Los defectos
Indiscutiblemente que el cubano posee grandes virtudes, pero hasta ahora no he podido leer su aceptación de los defectos que tenemos, que también son unos cuantos, y que entre ellos pende —como espada de Damocles— la fácil transformación hacia un ego irracional. De mi libro extraigo entonces este fragmento:
A mi modo de ver, nuestra identidad es indefinida por algunas razones que a veces pasamos por alto, y ha sido así por lo inmerso que hemos estado en el asombro de esas virtudes que siempre nos identifican. Pero si hacemos un esfuerzo y nos salimos del álbum que colecciona las eficacias de nuestros egos, entonces es probable que encontremos el camino para un acercamiento más cabal a la realidad de saber de dónde venimos, quiénes somos y hacia dónde vamos.

Los orígenes
Si estas tres preguntas pueden ser universales, en nuestro caso específico son imprescindibles, pues para contestar la primera no tenemos que pensar que venimos de otra tierra o de otro planeta, sino que debemos analizar nuestros valores genéticos. ¿De dónde venimos?, pues, venimos de una hibridez original, y, al mismo tiempo, una mezcolanza de hibridez muy diversa, digamos: españoles y nativas; españoles y negras africanas y españoles y chinas, o más tarde en el tiempo, con mucha seguridad de mulatos y chinas o chinos y mulatas; o mulatas (tos) con blancas (cos) españoles y así de diversidad en diversidad. Posteriormente, con los años, el criollo se fue fundiendo con otras razas, muchísimas razas, que se iban asentando en Cuba. Por otra parte, y hasta nuestros días, el cubano también se ha repartido arbitrariamente por el mundo y está dando nacimiento a nuevos tipos de híbridos.
Por eso, realmente, pienso —y esto lo planteo más ampliamente en el libro, cuando me propuse pensar en quiénes somos— que no tenemos una identidad definida, sino indefinida. Sería, supongo, una identidad en progreso, debido al cruzamiento tan rápido que siempre hemos tenido a causa de la aculturación (primero) que hemos hecho en otros países; a la aculturación (también primero) que han hecho los extranjeros que históricamente se han residenciado en Cuba y (después) la transculturación que tanto le ha ocurrido al cubano fuera de la Isla como a los de otros países que se han quedado a vivir en ella, en todo el proceso que va desde la Conquista, la Colonia, la República y por último la dictadura castrista.
¿Hacia dónde vamos? Pues no sabemos. Nadie puede decir ni predecir qué seremos. Hemos cambiado mucho y seguiremos cambiando. El cubano, por su indefinición, es y será un ser impredecible, como impredecible sigue siendo el estado de cosas en la Isla. Después de 60 años de dictadura, ni aun cuando se desmoronara esa satrapía castrista y castrense. Ni aun cuando se demolió el Muro de Berlín se pudo predecir lo que iba a ser el cubano.

Evolución-involución
Otro asunto que se activa en el libro es lo de la evolución del cubano: evolución en espiral que procede desde la Conquista. Claro es un proceso lento, porque es una pulsión genética que cae dentro de todo ritmo biológico mediante el tiempo; o sea, su decurso. La evolución del cubano ha ido desde la ignorancia y la incultura (habría que leerse El alma cubana, de Fernando Ortiz, uno de los grandes pilares para este libro, y también, por supuesto a Jorge Mañach y otros) hasta un desarrollo muy positivo durante todos los años de la década de 1950 y que vino a pararse en el exacto año de 1959, cuando a partir de la supuesta Revolución surgió la Involución, y la espiral se fue hacia atrás como un verdadero viaje a la semilla.

Su historia del miedo
Otro tema más en el libro es la historia del miedo en el cubano. Miedo que viene desde la Conquista, cuando los españoles pusieron a trabajar frenéticamente a los indios y también trajeron una cantidad de virus y bacterias que fueron diezmando a la población nativa y, fundamentalmente, por la brutalidad del trato que el conquistador empleó contra el nativo. Este miedo se expandió con la vida miserable de la población esclava, con el temor de los mismos colonos a una rebelión de negros. Con el miedo en las dos guerras de los mambises por la independencia: puro pánico hubo ante la Reconcentración de Valeriano Weyler; el pavor, la alarma y el susto ante las pandillas y gánsteres, y las pequeñas guerritas de la República y, por último (bueno, hasta ahora) el terror, el sobresalto, el recelo, la aprensión y desconfianza, la turbación, el desasosiego y la cobardía durante todos estos 60 años que ha sufrido el apaleado y cambiante pueblo cubano por parte de la dictadura castrista.

Paradoja de suicidio y vida
(Esto es tomado textualmente del libro)
“En mi criterio, y aun reconociendo que el atentado contra la propia vida cuenta con parte constitutiva de la herencia histórica y además por la fuerte influencia del medio, pretendo inducir la idea de que en realidad pudiera existir un elemento más en la psiquis del cubano que, al sumarse a los anteriores contextos que mencioné (el económico, político y social), acelera la depresión a extremos inusitados y reactiva los deseos de morir, de autodestruirse, y es la actitud fatal de la autosuficiencia (claro, hablo de una autosuficiencia temperamental bastante pronunciada y negativamente desgastante, una autosuficiencia colmada de apasionamiento, de instintos y nada de cordura). En otras palabras, hablo del desbocado ego irracional”.
“Esta actitud forma una tendencia a creernos centro del mundo, ser egocéntrico, en mucho es el sentimiento exagerado de ser uno mismo por encima de los demás, y que nos distorsiona, nos desarticula, esa otra imaginación resplandeciente que alguna vez se alcanzó (en un proceso que principalmente podría tomar desde después de la Segunda Guerra Mundial y toda la década de 1950), y que formaba parte de lo mejor de nuestra naturaleza humana y de nuestro espíritu108“.
“Un estado de ser psicológico, pues el desmoronamiento se puede tornar en algo catastrófico; algo que sucedió y desajustó el control imaginativo real que teníamos del mundo, para llevarnos entonces a buscar el cero de la existencia”.
El internacionalismo y el ombliguismo del mundo
“En este tópico, interesantísimo, hay que recurrir a una esclarecedora conferencia de Carlos Alberto Montaner, “Cuba, intervencionismo y pretencionismo”116. Aquí, este analista político hace un recuento exacto y muy singular dentro de la historia cubana, para destacar una buena cantidad de eventos que contribuyeron a formar ese temperamento injerencista del cubano; aunque no creo que, de todos los cubanos, pero sí de una importante cantidad de los mismos, que hasta hoy en día —en mi criterio— no ha sido tomado muy en cuenta por los historiadores y sociólogos”.
“En su conferencia, Montaner deja bien claro este afán del cubano en participar en cuanto suceso internacional importante tuviera lugar, y donde la Isla pudiera involucrarse, como un factor decisivo de hazaña histórica, para conformar así otro de los rasgos que llegarían a definir más su aspiración de ser centro de los conflictos mundiales; protagonismo que le viene de España desde el siglo XVI, por la importancia que tuvo la Metrópoli en numerosos acontecimientos de carácter mundial, y que fueron implicando a los nacientes cubanos a través de distintas etapas de su historia”.
“El internacionalismo así no es otra cosa que una manera más de manipular el ego, cuando este se inclina hacia lo irracional. El ego racional de una buena cantidad de cubanos, es débil, y como este ego se encuentra un tanto cercano al alma, pues debilita ese ánimo que tiene de pensar con inteligencia. Ello hace que dé rienda suelta a sus tontas emociones. En otras palabras, el cubano siempre está presto para creer que, masificando sus almas, en un evento internacional importante, pasarán a la historia como los nuevos héroes de su momento. Entre el miedo por lo que les pueda pasar si no aceptan ir a pelear a Angola y, por otra parte, la creencia de que, definitiva y esencialmente, combaten por un ideal que será reconocido por el mundo y que este ideal no se puede traicionar, entonces terminan cediendo y viéndose así en medio de una guerra que no entienden y que, en definitiva, nunca van a ganar ni tampoco comprender, mientras la sigan pensando desde una absurda, por impuesta, perspectiva patriótica”.
De la mulatez al estereotipo de lo exótico
“El mulato como la mulata pueden ser listos, rápidos, de chispas, como se decía en mi época de juventud (años 70 y 80); y por naturaleza podrían tener una visión más larga que la del blanco y la del negro, puesto que sumarían ambas visiones. Sucede que a los mulatos y a los negros se les ha encasillado en Cuba, antes de 1959 y después de ese año, como seres representativos de lo exótico cubano que tanto atrajo a la cultura light mexicana y al cine hollywoodense de Estados Unidos. El estereotipo que se les ha impuesto es el de bailadores, tocadores de congas, guaracheros de música popular, delincuentes de toda laya y gente a la que le gusta vivir en promiscuidad. Un estereotipo general sería el de marginados, y dentro de este enorme y pérfido saco entran los mulatos. Y la respuesta es que este estereotipo es falso, totalmente falso”.
“Al negro y al mulato nunca se les ha enseñado ni, en realidad, se les ha dado las oportunidades de cómo deben canalizar una vida más dada a la ciencia, a la tecnología y a las humanidades. En general, esa raza, la negra (que es una raza posiblemente fundacional no solo para los cubanos, sino también para todo el género humano en el orbe), en determinados momentos de la Historia del mundo, el negro y posteriormente el mulato han sido desprovistos de posibilidades para una existencia activamente inteligente y cultural, en relación con la vida de un ser humano que quiere progresar. No obstante, muchos negros y, entre ellos mulatos, han logrado sobresalir. Lo que demuestra que sí tienen la suficiente sustancia gris para rebasar cualquier tipo de inferioridad, y que pueden optar por profesiones universitarias. La inteligencia, visión y habilidades, la memoria y el afán de conocimientos no están afectados por la raza, ni por el color, sino por la cantidad de neuronas felices o productivas (como se les quiera llamar) que cada persona (¡de cualquier raza!) pueda tener.
La jinetera ilustrada
“El jineterismo, por su parte, es un producto exclusivo de la dictadura castrista. La versión socialista de la prostitución. La jinetera es la nueva prostituta que pulula en Cuba85. Esta nueva cortesana cubana se diferencia de las anteriores, en la Isla, y de las que han existido y existen en el mundo hoy en día, porque un gran número de ellas son “ilustradas”86, además de ser una de las más baratas del planeta, y de componer una categoría que se divide en varias clases: las carroñeras (de baja estofa, digamos y que buscan a todo aquel que le pague en dólar) hasta las que se dedican a cazar turistas y otras a empresarios y diplomáticos extranjeros87 “.
“El jineterismo es uno de los fenómenos más sobresalientes del total desastre social que impera en Cuba actualmente, y en esta categoría podemos incluir todo lo que atañe a la prostitución en general, incluyendo el proxenetismo y la pornografía infantil que han sido temas alarmantes desde hace muchos años a la fecha”.

El poco conocido sonido de la otra música
“A diferencia de la buena música popular, que presenta un frente sólido, podría decirse que las excelentes interpretaciones de las orquestas sinfónicas y grupos de cámara, la creación de óperas y ballets, de innumerables obras orquestales y para pequeños conjuntos han sido (y son aún) el estado de un umbral entre el sí y el no, digamos, en el que este tipo de música compleja, también llamada clásica, ha conformado un submundo que, por diferentes razones, ha reflejado siempre un brillo intermitente entre épocas de nuevas potencialidades creadoras y otras de silencios y vacíos que terminan en incertidumbres o en caminos inciertos en los que solo recibimos la tenue luz de una penumbra”.

“Durante el siglo XIX, y en la primera mitad del XX, se hicieron muchos esfuerzos por resaltar la cultura de los clásicos en casi todos los géneros teatrales y musicales, pero, a la larga, nunca la imagen de una Cuba culta pudo imponerse en forma mayor, como sí lo ha hecho la imagen de la Cuba típica, habitual, de ritmo trepidante. Esto no quiere decir que el sentido artístico de ese sonido no fuera bueno, sino que, por ser lo popular demasiado bueno y además mucho más apegado a lo comercial, terminó siempre imponiéndose como el modelo o representación de una abrumadora proyección creadora. Desde luego, tomada en su totalidad, la Isla siempre ha sido un hervidero de creatividad, en todos los géneros musicales”.

Manuel Gayol Mecías. Escritor y periodista. Ganó el Premio Nacional de Cuento de la UNEAC en 1992 y en 2004 el Premio Internacional de Cuento Enrique Labrador Ruiz del Círculo de Cultura Panamericana de New York. Ha publicado una decena de libros entre los que figuran La penumbra de Dios (ensayo), Ojos de Godo Rojo (novela) y La noche del gran Godo (cuentos). Trabajos suyos han sido traducidos al inglés y al italiano. Es miembro del Pen Club de Escritores Cubanos y de la Academia de Historia de Cuba en el exilio. Es vicepresidente de Vista Larga Foundation y dirige la revista Palabra Abierta y su editorial homónima.
El lanzamiento del libro 1959. CUBA EL SER DIVERSO Y LA ISLA IMAGINADA, se efectuó en el Festival VISTA el pasado 15 de diciembre, en el Miami Hispanic Cultural Arts Center, obra que sin duda será muy polémica y que aporta muchos aspectos a tenerse en consideración a la hora de analizar la nacionalidad y la complejidad de la sicología de los cubanos, así como los factores que hasta la fecha han influido en la percepción que tenemos de nosotros mismos, desde los estudios de los etnólogos y antropólogos de la era republicana, hasta los acontecimientos políticos y sociales que han conmocionado nuestra historia reciente.

 

 

 

 

 

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Acerca de la poesía de Fina García Marruz

La gravedad y la gracia de las miradas perdidas
Por Ivette Fuente de la Paz

De la vastísima obra de Fina García Marruz, prima el interés la convergencia de temas que, al parecer deslindados y desviados de un común eje, se integran para ofrecer una medular concepción de su poesía: como los “secretos del mirar atento” de Eliseo Diego, son en ella “la gravedad y la gracia” de las “miradas perdidas” que pronuncian los arcanos de la Forma.
Desde Las miradas perdidas (1951) se advierte en su poesía una relación particular con la realidad asumida en su carácter simbólico, emblema manifestado en ese “rostro” como apariencia visible de una esencia invisible, tal y como dice la poetisa: “…toda apariencia es una misteriosa aparición”.
En su obra se manifiesta aquello que se intuye como “oculta armonía”, captada desde las cosas más sencillas y “pobres”, las aparentemente más insignificantes, apegadas al vivir, poesía que es un canto a la rerum natura (al estilo lucreciano) donde la “naturaleza de las cosas” resalta en su propia llaneza, sin más rebuscamiento que aquel que precisa su “misteriosa aparición”. Y para que no huya ese ser misterioso que asoma tras las cosas como epifanía natural, es que Fina –como recuerda su propio verso- quier(e) “escribir con el silencio vivo”, para que el ser mismo del universo captado por su mirada, al derrotar la máscara muestre su “verdadero rostro”.
Tanto en sus primeros libros como luego en Visitaciones (1970), así como en otros textos de espléndida madurez, encuentran espacio todos los asuntos y motivos que se abren a la luz de aquellas “miradas perdidas”, para integrarse al ruedo de una “armonía cósmica”. De este modo, todos los temas señalados por la crítica (ética, religión, conocimiento del mundo) como gajos de una misma “raíz poética”, se avistan desde una “radical extrañeza”, lo que no es óbice de lejanía pues son parte de una realidad que asoma como propia, pero que se aprehende en el deslizamiento previo y requerido por su exterioridad, ese que señala el misterio de lo “exterior de la poesía” –que tan bien se explica en el ensayo homónimo- y que constituye el punto de entrada, pórtico del alma por el que se abarca la plenitud íntima, vedada, secreta. A la par que Friedrich Schelling, filósofo alemán propugnador de una “filosofía de la naturaleza”, con quien encontramos comunidades de espíritu y puntos de contacto sorprendentes, Fina García Marruz parece decirnos que “la naturaleza es el espíritu visible, y el espíritu es la naturaleza invisible”, lema igualmente caro a Heráclito de Efeso, cuando expresara que “la naturaleza ama esconderse”, secreto de su movilidad y volubilidad o, como dijera Jacques Maritain sobre el amor, que configura en el interior la Forma que trasciende toda Forma, “metáfora del corazón” como vía de conocimiento del mundo, que es el conocimiento poético, en el que insiste Schelling cuando expresara que “el amor es el lazo de todas las cosas”, correspondencias con el trasunto poético en Fina que por la “visión exterior” de un Objeto llega a su “entrega amorosa”.


A nuestro juicio, el libro Las miradas perdidas, a la vez que anuncia los ideotemas que se revelarán con fuerza en su obra posterior, atiende a todas las expresiones válidas a sus concepciones poéticas, concertadas en la propia estructura: “Las oscuras tardes” (poesía intimista, del recuerdo, que se acompaña siempre con una especial calidad mística); “Las miradas perdidas” (paisaje interior y exterior, inmanencia aprehendida pero siempre trascendida); “La noche en el corazón” (los paisajes exteriores apresados, entrañados y devueltos en su peculiar palabra): “Dos cartas” (punto de flexión, contacto o viraje de sus temáticas); “Sonetos de la pobreza”; “Los misterios” (ambas secciones donde el sentido de lo católico de aborda y expresa con mayor plenitud); “Variaciones sobre el tiempo y el mar” (enlace de todos sus sentidos anteriores, donde el tema de lo católico como misterio de la figura, se enlaza al misterio de los rostros, las personas, el derredor).
Ya Cintio Vitier había advertido con gran tino, el elemento de evocación por vía de la memoria llamado por él la “imaginación del sentimiento” (con el que califica igualmente a Eliseo Diego) y que da una especial connotación a los paisajes interiores destacados a partir de un visaje de lo exterior, en lo que el crítico Jorge Luis Arcos llamara “estética de lo Exterior” y que si bien alcanza en estos poetas origenistas distinciones importantes, los comunica con la base objetual, próxima y familiar de sus contenidos, al revelar la esencia que los enlaza y los engarza al entorno.
Ese dominio abarcado por la mirada se exterioriza como “forma”, figura que guarda latente una esencia aún más íntima. Es lo que Merleau-Ponty llamaría “fenomenología de la percepción”, Jacques Serrano “milagro de la expresión” y que para el filósofo F. Schelling fuera la más simple relación de la figuración con la naturaleza, base de toda prodigalidad y manifestación de lo real.
En este especular del objeto como forma, se avista un particular pensamiento poético allegado a la fenomenología (quizás aquella señalada por Edmund Husserl en las “objetividades esenciales” que sitúa en lo aparencial del mundo una vía de penetración de sus esencias) tesis básica del ensayo “Lo exterior de la poesía” que apela a una “exterioridad mucho más profunda”, que va más allá de lo “externo-conocido” para aproximarse, pro el misterio de la Forma, a lo “externo-desconocido”, “verdadera allendidad de lo Exterior”.
Estas figuraciones que en Fina superan la más notoria de “cuerpo”, se deslizan en los nítidos contornos de todo lo expresado, sean objetos, rostros, sentimientos, para llegar a su “misterio”, milagro de la propia existencia, pensamiento sostenido en un sensorialismo de reminiscencia neoplatónica y sufí. El modo de sentir los detalles del “mundo” como epifenómeno que se “asoma” y se debe tomar en toda su dimensión y altura, y que en Eliseo Diego se define en su proceso de “nombrar las cosas”, es en Fina García Marruz la posibilidad de percepción espiritual, intuición poética a la vez que mediadora de la realidad primera, prescindible de ésta en un nuevo rango de realidad, lo que para el pensamiento oriental (básicamente sufí) fuera “lo imaginal” y que en Fina se manifiesta en el concepto eminentemente católico de “misterio”. Pero ese misterio, sabemos, no se queda en el signo, sino que se abre a lo infinito por perfectibilidad hacia Dios, imagen detonante que traspasa ese “externo-conocido” y que continúa su marcha hacia lo insondable que es lo “externo-desconocido” porque va más allá de la imagen hasta el caudal de lo “imaginario”.
Esa propensión al traspaso y superación de la primera Forma, como apariencia, es el síntoma más auténtico de la poesía, sustento de las palabras del francés Gaston Bachelard cuando dice que “el valor de una imagen se mide por la extensión de su aureola imaginaria”, lo que supera la simple memoria para entrar de lleno en el plano de “lo imaginal”, imaginación que, como dijera el filósofo David Hume, rompe el orden y la forma del fenómeno reflejado (“previo desorden de los sentidos”, diría la poetisa aludiendo a Rimbaud) enriquecido ahora por una absoluta “libertad”, la que en Fina no es una “pasión de la voluntad” sino un “acto del pensamiento”, una “visión”, un “acto de mirar”. El misterio de la Forma que se transvierte, inaudito, desde “el ojo mismo de la poesía” para llegar a “lo visto”, sin artilugios, es el tema de su monumental poema “Transfiguración de Jesús en el monte”, allí dice:

En el Monte su cuerpo no resiste a Aquel que / nunca supo pensar nada que no pudieran / compartir su pecho o sus dos manos; /oh, difícilmente podríamos comprenderlo, El se/ ha vuelto totalmente exterior como la luz; como la luz El ha rehusado la intimidad y se ha / echado totalmente fuera de sí mismo…

“Transfiguración de Jesús en el Monte” compendia formas y contenidos, sentimientos y presupuestos estéticos y brinda de manera pura y explícita la esencia del cuerpo en la parábola cristiana de la excelsa Forma, que en la luz de Dios permite exteriorizar el misterio guardado en el interior.
De este parangón advertido, destaca asimismo la “estética de lo Exterior” de la poética de Fina -que en Eliseo Diego tomara cuerpo en la fenomenología del espacio y la dialéctica del “adentro y el afuera”- y que en ella se hace dicotomía del estar y el no estar de la apariencia, misterio entre la forma de un ser en el espacio y el tiempo, y la fuga de ese espacio, tal y como se aprecia en uno de sus más conocidos poemas, “La demente en la puerta de la Iglesia”, donde dice: “Mirad que esa demente es quizás tan sólo un / esplendor incomprensible, / pero decidme a qué alude su flor pintarrajeada, / y esa tremenda suerte de aislamiento, / qué ha podido llevarla al extraño país de su / avarienta mirada sujetando la miseria / como una moneda..”, “extraño país” que fuera “el extraño pueblo” que acogiera su “Convalecencia” (como los extraños pueblos eliseanos), extrañeza incomprensible de esa figura que parece decir también: “No sabes de qué lejos he llegado / a morirme y a estar entre vosotros / y hasta qué punto he sido detenido / de la mágica tela de los otros” (“No sabes de qué lejos he llegado”). Linde del misterio, como “superficie casta y pura”, que como imagen supera el propio ser pensado en la sabiduría de su forma, aparece en Fina el motivo del “rostro ”adonde asoma ese mismo misterio, como umbral (“Vedla sentada a la puerta de su rostro”) y como primera luz (“Será su rostro la primera / luz que contemple el alma renacida”) y que es otra señal de la integración que hace la poetisa de la subyacencia católica y los signos inmanentes del mundo.


El tema del “rostro” es uno de los más notorios índices de la calidad de lo exterior y la dialéctica de las cotas espaciales, donde la superficie es el único límite, imágenes superpuestas de esas distintas figuras que se alcanzan dentro del tiempo, alertas a la fuga que a veces debe contener la “máscara” como a un “principio eterno” infinitamente devuelto, desvanecido. Lo “figuracional” que tanto tiene que ver con el tema del tiempo (una de las recurrencias de tan distintos matices en los poetas origenistas), se expresa de manera ceremonial en el hermoso poema “Canción para la extraña flor” que se enlaza sutilmente con el tema medieval de “la rosa”, que es el mismo canto a la fugacidad efímera de las cosas, que alcanzara su punto culminante en la “ronda de la muerte”, “variaciones” de un mismo asunto de consonancia universal que se expresara además en el ubi sunt (señalado también en otros poemas, como en “Extraño condiscípulo”, en “El distinto” o de cierta manera en “El bello niño”) como añoranza y nostalgia, y que en igual tono hace decir a la poetisa: “Quién te podrá tocar sin espanto? Lejana es tu / presencia como el cuerpo de la nieve. / He aquí que estás entre mis dedos prestándoles / una suerte de atenta delicadeza / de aquí que toco y siento esa velada distancia / que no podemos nunca atravesar”. Pero si en sus poemas de mayor cercanía con el entorno, la costumbre, la familia, la figura es la contención del espíritu que pugna por denostar su presencia, su potencia de ser, en los poemas donde el sentimiento católico se vuelca con mayor plenitud y fuerza, ésta alcanza su punto culminante, tema que a veces secunda una intención de mayor profundidad eidética que enaltece su leit motiv.
Consustancial a la Forma y como un rango a la vez que poético, estético en su poesía, “las miradas” son un recurso que se entraña en lo vital y así en lo vital poético de García Marruz. En “Lo exterior de la poesía” insiste Fina en el impulso (“volición” diría el poeta Edgar Allan Poe) que abre las compuertas de un trasfondo esencial, y que crea la “verdadera libertad” de una imaginación que proviene, para ella, de la visión. La incorporación del mundo, el develamiento del manto protector de las superficies, el ahondamiento en la multiplicidad de lo real con la conciencia unitiva de ver más allá de las imágenes para “saborear” su misterio –así como fuera la “filosofía del acto” que es el “saber saboreando” en el sufismo-, son los “secretos del mirar atento” (“lo poético” para Eliseo Diego) de una visión del alma (“saber del alma” de María Zambrano), acto de mirar que es el salto “…a la orfandad divina, / (…) del ojo que te mira y que me mira” (“¿Soy yo la que desprende…”) juego vivencial de entrar al mundo, salvar sus límites, por los juegos de la mirada: “Qué extraños ojos se apropian la mirada! / Quién me vio allí, te vio, a quién veíamos…” (“El distinto”); miradas perdidas que se acoplan al “ojo de la certeza” (de la mística sufí) para llegar, en el “Nacimiento de la Fe”, hasta Dios: “Ahora creo, Señor, en tu mirada, / en mi obra y oscuro sacrificio, / con esa fe que se alza de la nada”.
Pero esa mirada no proviene de los “ojos abiertos” –que quedarían, como sentidos de apropiación del epifenómeno de lo aparencial, en lo “exterior-conocido”- sino “de la visión del ojo cerrado”, “videncia” guiada por la intuición de “las miradas perdidas”, sabiduría de gracia –diría Santo Tomás- sabiduría por iluminación –sería para San Agustín- que entronizan ambas en una sabiduría poética como un “saber del alma”.
El instante del fulgor poético puede asemejarse con ese momento en que ocurre el “destello” –concepto de la mística sufí-, difícil concurrencia de los “primeros rayos de la manifestación de la Esencia” antes de llegar al ocaso en su extinción. El raro equilibrio entre ese mundo corpóreo que se desvanece y el mundo espiritual está fijado por una “distancia mágica”, medida cifrada entre “el ojo y lo mirado” que sólo se salva en un único fulgor de lo poético como “espacio imaginado” o más precisamente, como espacio de “lo imaginal”, más allá de la imaginación como proceso, instante cuando lo invisible toma realmente forma, a través de la invocación y la figuración para vencer la “exterioridad”.
De este modo la intención de ver por “las miradas perdidas” es el significado más propio del poetizar, lo que para Ibn Arabi fuera la contemplación por “el ojo de la certeza”. Por esta alta facultad de la visión (al-bash) se alcanza la visión contemplativa o interior (basîrah), que es la visión del corazón, imprescindible huella que destaca la idea de las “razones del corazón” del filósofo francés Blaise Pascal en la que vemos reflejada con tanta fuerza el sentido de la visión interior tratada en el sufismo y que sustanció el concepto de “razón poética” en María Zambrano, vía por la que dejó huella en los poetas origenistas. Con mayor profundidad insiste Ibn Arabi en esta facultad de la mirada al contemplar lo esencial como modo de “mirar” a Dios, en un juego de identidad y semejanza que se opera en la dimensión de “los espacios intermedios” donde se confunden los rostros y las visiones entre el Yo y la Otredad, “mirar atento” que es la mirada que refleja, en la búsqueda de Dios, el visaje del propio corazón.
En busca de lo “exterior-desconocido”, sumergida en la propia “exterioridad”, Fina llega a aquello que llamara Schelling “el alma de la forma” que es el alma de la naturaleza, como anima mundi. Por su especial sintonía con una filosofía de la naturaleza (que resuena con aquella “filosofía natural” de la que nos hablara Cintio Vitier sobre José Martí), Fina transita, a través de su “mirar atento” por los grados de develación del alma del mundo: Primero por la Forma (determinada), luego por la fecundidad (que es su sentido), para llegar a la Gracia (la forma desplegada) y finalmente al Alma (por su revelación). El impulso del tránsito es el amor “a la superficie casta y triste”, por ella se alcanza “una unidad extraña”.
Continuidad de una poesía sembrada en las miradas perdidas y crecida en palabras o silencios que se complementan, con la obra de Fina García Marruz se asiste a un esplendor poco frecuente: el fuego de la hoguera, percibida tras “un cristal que casi no se advierte”, flamea, y al final vemos que la intensidad de “su exterior” ha sobredimensionado el calor de una primera, desconocida llama.
Josefina García-Marruz Badía
Conocida internacionalmente como Fina García Marruz nació en la Ciudad de La Habana el 28 de abril de 1923. Estudió la primaria en el Colegio Sánchez y Tiant y el bachillerato en el Instituto de La Habana; se doctoró en Ciencias Sociales en la Universidad de La Habana en 1961.

Dra. Ivette Fuentes de La Paz
Ivette de los Ángeles Fuentes de la Paz (La Habana, 20 de mayo de 1953)
Doctora en Ciencias Filológicas (1993) y Doctora por la Universidad de Salamanca (2016). Ha desarrollado su labor profesional como editora, especialista literaria, directora del Proyecto Casa “José Lezama Lima” (Ministerio de Cultura), especialista en teoría y estética de la danza de la revista Cuba en el Ballet (Ballet Nacional de Cuba), y como investigadora literaria (Instituto de Literatura y Lingüística, Ministerio de la Ciencia).

 

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